Star Trek actualiza el futuro

Este artículo contiene ligeros spoilers que llegan hasta el capítulo 3×05 de Star Trek: Discovery.

En su tercera temporada Star Trek: Discovery da un salto de 930 años hacia adelante en el tiempo. Sus personajes son desplazados, en la línea de tiempo de la franquicia, desde antes de la serie original, la de Kirk y Spock, a lo más lejos que se ha visto “el futuro” dentro de la serie, el año 3185. Primero la presunta protagonista, la comandante Michael Burnham, después el resto de la tripulación de la USS Discovery.

En ese siglo XXXII, el futuro lejano dentro de la ficción de la franquicia, la Federación Unida de Planetas vive sus peores momentos. Hubo un evento, la Quema, que inutilizó la mayor parte del dilitio de la galaxia. El dilitio es el combustible ficticio que permite a las naves del universo Star Trek viajar “a velocidad de curvatura”, es decir, más rápido que la luz. La galaxia queda incomunicada, reducida a viajes lentos que llevan años, y la capacidad de la Federación para mantener la paz completamente inutilizada. Muchos planetas entran en guerras entre sí y en otros la búsqueda de nuevos recursos tras el colapso de las comunicaciones provoca desastres ecológicos.

Es una versión dentro del universo trekkie de la crisis climática, con su peak oil propio y un paso atrás civilizatorio y cultural asociado. Una vuelta de tuerca que ya tiene precedentes en la franquicia. Para empezar, en la película Star Trek VI: aquel país desconocido (1991), que parte de la caída del Imperio Klingon por un desastre ecológico al abusar de sus fuentes de energía, paralela a la Caída del Muro de Berlín y al accidente de Chernobyl. También en en Star Trek: Espacio Profundo 9 (1993-1999), en la que el capitán Benjamin Sisko es un “casco azul del espacio” que debe mediar entre cardassianos y bajoranos mientras las noticias hablaban de la Guerra de los Balcanes o el genocidio ruandés. Finalmente, Star Trek: Picard (2020- ), en la que el viejo almirante se juega su prestigio en rescatar a los regufiados romulanos que bien podrían ser sirios o pertenecer a la caravana de Centroamerica.

Otro futuro es posible

Y es, además, un puñetazo en la mesa de una franquicia que ha sobrevivido desde la época dorada y optimista de la ciencia-ficción de los 60 hasta los actuales años oscuros de apocalipsis suaves y muertos vivientes. En respuesta a la ola de futuros desolados que pueblan nuestra ficción actual, a esta sensación de desesperanza constante ante el mañana, Star Trek se reivindica como bandera de la confianza en la evolución a mejor de la Humanidad y de la confianza en el futuro.

Nos invita a pensar que las utopías son posibles y lo hace con un giro metadiscursivo: los personajes de Discovery, cronológicamente dentro de la ficción contemporáneos a Kirk y Spock, aparecen en un futuro distópico, en el que unos humanos se han atrincherado en la Tierra rechazando a los extraños y las especies que antes colaboraban ahora desconfían unas de otras. Los protagonistas, para los habitantes de ese futuro, son piezas de museo con valores anticuadamente caballerescos, como el Capitán América para el resto de superhéroes Marvel y como Spock o Picard para los espectadores resabiados de 2020. Y así acaban presentándose ante la deprimida Federación del futuro: “somos el recuerdo de una época dorada”.

Para la franquicia como conjunto se trata de la revitalización de la propia Star Trek: Discovery, que en sus dos primeras temporadas cambió varias veces de dirección afectando al tono de las historias. Discovery es la primera serie de Trek “contemporánea” a esta ola de la ciencia-ficción, emitida por Netflix, con una protagonista que no es la capitana de ninguna nave y una tripulación, a su manera, más diversa que las anteriores.

Dentro de la lógica de la ficción tenía sus problemas -le creaba una hermana adoptiva hasta ahora desconocida a Spock y cambiaba la lógica del comportamiento de los Klingons, además de mostrar tecnología “más avanzada” que la del Enterprise de los 60-, así que pegarles una patada nueve siglos hacia el futuro los elimina. Aparte de otorgarles su propia personalidad respetando las líneas maestras de la franquicia: son exploradoras de lo desconocido y al mismo tiempo defienden los valores del humanismo en entornos hostiles.

La Federación era ya una maquinaria burocrática corruptora y corrompible presentada más habitualmente como enemigo que como aliado. Así se presentaba en Star Trek: La Nueva Generación (1987-1994) para el éticamente intachable capitán Picard de los 80, o en la descreída Espacio Profundo 9 para el siempre enfrentado a decisiones difíciles capitán Sisko de los 90. El cinismo adolescente del público actual exige que para ser “realistas” las cosas deben ser “oscuras”, lo cuál dice mucho de cómo percibimos el mundo en que vivimos.

En el 3×01 de Discovery, de repente, la Federación vuelve a ser una utopía. Como si nos recordasen que nuestra ONU aún puede servir para algo. Al fin y al cabo, en ella se inspiraba claramente cuando en los 60 de la Guerra Fría humanistas como el creador de la serie, Gene Ronddenberry, hacían activismo por la paz mundial. Cuando conocemos a un funcionario que se mantiene aislado en una base solitaria e incomunicada en mitad del espacio, esperando a que aparezca otra nave de la Federación, nos damos cuenta del significado que debe tener: una aspiración tan inalcanzable como necesaria.

Capitán Saru

Otro elemento clásico de Star Trek se actualiza con este salto: el capitán. La comandante Michael Burnham no será, al menos de momento, la que guíe su propia nave, sino el kelpiano Saru. Es el primer capitán no humano de una nave en la franquicia, y también el primer capitán retratado explícitamente como cobarde o timorato. Los nuevos creativos parecen preferir ignorar, o apartar solo para ocasiones especiales, el giro violento que se le dió al personaje en la temporada 2 y centrarse en su papel como diplomático y seguidor de las reglas.

Saru y Burnahm recuperan la relación de un capitán prudente y un primer oficial más temerario de Picard y Riker en La Nueva Generación. Pero al contrario que el viejo Jean-Luc, que mantenía una profesional y fría distancia con toda su tripulación, Saru asume un papel de cuidador y abiertamente familiar respecto a su personal, apoyándose en ellos para tomar decisiones  y mostrando una relación cercana con la alferez Tilly -el alma de la serie- o el doctor Culber -nuevo referente moral de la familia disfuncional de la Discovery recuperando la mejor tradición de “Bones” McCoy-.

Así, este nuevo capitán de Star Trek es tan humanista como cualquier de sus predecesores a pesar de no ser humano y recibe unas características propias que lo separan de los dos anteriores que ha visto la serie, como si Discovery quisiese mostrar un catálogo de masculinidades posibles en un cargo tan asociado a la imagen del capitán Kirk y sus parodias. En la primera temporada tuvimos al Gabriel Lorca del Universo Espejo, una clara referencia a la América de Trump que se oponía a los valores de la Federación y que era derrotado por Burnham como una extensión de la familia diversa de la tripulación. En la segunda, el nuevo y viejo al mismo tiempo capitán Pike, el capitán de la Enterprise anterior a Kirk, caracterizado como un héroe clásico pero al mismo tiempo empático y responsable, que viene a apuntar que los viejos valores de Star Trek merecen la pena si sabemos rescatar lo bueno que hay en ellos y es definido como “lo más valioso de la Federación“.

Ahora Saru, que ha servido bajo ambos, los supera y actualiza para cargar sobre sus hombros la responsabilidad de cuidar de una familia con la que no tiene miedo a vincularse emocionalmente y al mismo tiempo llevar la esperanza en un mañana mejor a un futuro descreído. En el nuevo capitán de la Discovery, que no sabemos cuánto durará, hay un poco de todos los anteriores -la diplomacia de Picard, la capacidad de tomar decisiones difíciles de Sisko, el rol cuidador de Janeway, la curiosidad de Archer– pero es al mismo tiempo un personaje autónomo y complejo que sirve para enriquecer a la que sigue siendo la protagonista principal, Michael Burnham, heredera de Spock, Kirk, Riker o incluso Siete de Nueve en su rol de pionera que abre la definición de lo posible.

La exploradora definitiva

Porque en Burnham se encarnan dos de los conceptos clave de esta primera mitad de la tercera temporada de Star Trek: Discovery: el crecimiento postraumático -verbalizado por el doctor Culber- y la resiliencia. Ideas que necesitamos en mitad de la actual pandemia de COVID-19 y que serán imprescindibles en el futuro inmediato, que ya está aquí, de crisis climática. Al pasar un año aislada en el futuro, en un entorno nuevo que no comprende y separada de su familia literal y figurada, Burnham aprende sobre sí misma, se adapta y evoluciona sin perder la esencia de quién es pero sin renunciar al cambio. Esa experiencia será clave en el cuidado de sus compañeros -un argumento que seguro que aún debe desarrollarse más- y en su probable futuro como capitana o dirigente de la Federación.

Porque además Burnham es una heroína proactiva, que busca una salvación colectiva y social, no individual. Cuando el doctor Culber, que ya pasó entre la primera y segunda temporada por su propia experiencia traumática, empieza a cuidar de la salud psicológica de la tripulación, lo hace con una frase que se aplica a los personajes pero también a nosotros en nuestra actual vida entre confinamientos: “necesitan sentirse conectados“.

Frente a otras etapas de la franquicia Star Trek o de la ciencia-ficción mainstream en las que la salvación que se propone es a título personal o familiar, como en Star Trek: Voyager (1995-2001), donde hay que salvarse a uno mismo y no mejorar la sociedad en la que se vive, Burnham aspira siempre a contribuir a un ahora más práctico, habitable y respetuoso con todos. Discovery, en ese sentido, regresa a los valores de La Nueva Generación en los 80, e incluso la Federación distópica del siglo XXXII, desconfiada y triste, recoge refugiados de planetas perdidos o cuida la biodiversidad.

En otro momento, Michael también se dirigirá a nosotros, descreídos espectadores de ciencia-ficción de 2020, con una queja que viene desde más atrás de Kirk y Spock, desde las convicciones de personas como Gene Roddenberry, hombres y mujeres que trabajaron por un mundo mejor que superase los límites de lo que se suponía como posible. Y nos lo dirá muy claro: “No lo sacrificamos todo por este futuro“.

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