Max el anticapitalista

Advertencia: Está lleno de spoilers.

Mad Max: Fury Road es feminista, sí, pero además es un panfleto socialista que ríase usted de Einsenstein, Costa-Gavras y León de Aranoa. Es un 300 progre, un manifiesto anticapitalista, feminista y ecologista, un ejemplo de para qué sirve el género postapocalíptico -si no, preguntadle a su creador, H.G.Wells– y un espectáculo visual capaz de poner todos los recursos del cine de acción más macarra al servicio de un mensaje completamente opuesto al que se supone que ese tipo de películas transmiten. En ese sentido, es el antiblockbuster, el opuesto ideológico a ese cine de acción ochentero que presuntamente reivindica pero que la Mad Max original nunca mimetizó. Normal que Mel Gibson no aparezca ni siquiera en cameo.

La situación de las mujeres, siendo el comentario social más explícito del film, es sólo un detalle dentro de la creación de todo un universo postapocalíptico como metáfora del actual. En el fondo, lo que siempre fue Mad Max, aunque si en los 70 y 80 la Guerra Fría invitaba a otro tipo de crítica, en la actualidad es el capitalismo despiadado que nos ha dominado los últimos 30 años el que es blanco de la exageración y la sátira.

El villano y sus aliados son un grupo de viejos sebosos y enfermos, todos repugnantes de una manera u otra, que acumulan en sus manos, como la oligarquía que son, los recursos más vitales del mundo en el que viven: agua, gasolina y balas. No se nos aclara cómo lo han conseguido, pero los nombres que reciben tanto ellos como sus dominios nos sitúan en un contexto de manipulación por medio del miedo y la religión. De acuerdo, nosotros en el primer mundo estamos más cerca de los gordos de Wall.E, vivimos en Un mundo feliz y no en 1984, pero el sistema que sustenta todo esto es el que exagera hasta el límite Miller, un mundo de deformidades y necesidad extrema donde cuatro privilegiados monopolizan todos los recursos y lo justifican con declaraciones tan grotescas como que no hay que abusar del agua porque el cuerpo se vuelve adicto.

Max, Nux, Furiosa y las esposas tienen algo en común: los han convertido en cosas. A Max y a las chicas de manera muy directa: él sólo sigue vivo para servir como ‘bolsa de sangre’, ellas para procurar una descendencia sana al líder. No se los valora como seres humanos, sino como recursos. Furiosa y Nux también son elementos al servicio de la casta que representan Immortan Joe y sus familiares aliados. Ella es uno de los pocos personajes completamente autoconsciente, aunque nunca se nos aclara a que clase de obediencia está sometida, ya que tiene un cargo de confianza. Nux es claramente un sirviente alienado por una religión fascistoide entorno a un líder que los utiliza como carne de cañón. Es tan víctima como Max o las chicas, incapaz de responder a las exigencias del sistema que lo tiene sometido. Como señala el magnífico análisis de Píkara Magazine, una prueba de que el patriarcado oprime a todos.

El final, además, invita a un eminente sentido práctico. El Lugar Verde de las Muchas Madres no existe, se perdió, era una idealización de Furiosa. Pero la solución es trabajar con lo que ya existe, no seguir persiguiendo ideales irrealizables. El Lugar Verde es el que posee Immortan Joe, y se puede convertir en una utopía, o al menos un lugar más justo, por la vía de redistribuir sus recursos. En ese sentido, que los personajes den media vuelta en su viaje y regresen sobre sus pasos es tanto literal como metafórico. Dejan de huir, de ser víctimas, para convertirse en agentes de su propio futura. En la batalla final en dirección a La Ciudadela los roles se han cambiado: Furiosa es quien ataca e Immortan Joe quien se defiende.

El Max descreído recupera parte de su espíritu de héroe contra su voluntad de anteriores películas para invitar a Furiosa a que asuma la responsabilidad del liderazgo del que sólo ella es capaz. La mirada de los niños esclavos que rodean al enano deforme o las madres abriendo el grifo del agua nos confirman que La Ciudadela es el nuevo Lugar Verde y Furiosa, la esposas y las Many Mothers supervivientes son las nuevas Vuvalini -al fin y al cabo se han llevado las semillas con la bendición silenciosa más allá de la muerte de su anterior guardiana-. Depende de ellas hacerlo bien esta vez.

Ya en Más allá de la Cúpula del Trueno, Max ejercía como voz de la razón convenciendo a los Niños Perdidos de que no existe la tierra de tomorrow-morrow land a la que esperan ser rescatados, aunque en Fury Road el personaje actúa como catalizador de la toma de responsabilidad de Furiosa. Tanto en El Guerrero de la Carretera como en La Cúpula del Trueno, el papel de Max es ayudar, a propósito o por casualidad, a la creación de una sociedad menos distópica, al establecimiento de un grupo humano que opta por no seguir las reglas despiadadas del nuevo mundo. Sólo que si en las anteriores películas la solución pasaba por apartarse de los salvajes y construir un nuevo mundo en paralelo, como suponemos que era el país de las Many Mothers antes de que la tierra se volviese ácida, ahora pasa por revolverse contra los salvajes y derribarlos, transformar el mundo por la fuerza si es necesario.

A pesar de renegar de ella, Max interpreta el papel de un heraldo de la esperanza. Si en Fury Road parece un secundario de su propia película no es ninguna subversión de las reglas de la trilogía original: ese siempre fue su papel. El Niño Salvaje de la II o la Savannah Nix de la III son los verdaderos protagonistas en el sentido de ser los ‘ganadores’, ya que logran restablecer un pedazo de civilización. La victoria es que alguien consiga conservar las semillas, más allá de matar al malo o no. O que Max ceda su sangre voluntariamente, por altruismo, utilizando esos recursos de su propio cuerpo que los ‘malos’ intentaban robarle. Porque lo que define si se te trata como a un objeto o a un ser humano no es tanto la acción en sí como el consentimiento.

Hay que recordar que el propio George Miller -que tiene una filmografía tan bizarra como para combinar Las brujas de Eastwick, Babe, el cerdito valiente, El aceite de la vida y Happy Feet– declaraba, tras rodar El Guerrero de la Carretera, que lo que él consideraba un héroe muy australiano y localista se había convertido en un héroe-cáscara que cada país rellenó con su folclore local, e interpretaba que de ahí su éxito. Que siga dejándolo en las pinceladas justas y lo ponga a invertir los roles de género tradicionales de este tipo de cine -es Furiosa quien mata al malo final y Max le cura las heridas tras la batalla- es significativo.

Sí, la película es una macarrada. El guión entero cabría escrito en una servilleta, aunque el virtuosismo visual, de planificación y montaje, sean dignos de elogio. Pero la cuestión es la clase de mensaje al servicio del cuál se han puesto los recursos del taquillazo de acción más tópico, y el universo dentro del cuál se sitúa esa acción. Mad Max: Fury Road es un panfleto anticapitalista, ecologista y feminista. Y al que no le guste, que se vaya a ver comedietas sociales francesas y se crea que eso es criticar el sistema. Seguro que así liga más.

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