Moais

Si eres vago, aquí lo tienes en PDF.

I

  • Karl, soy yo, coño.

Nikos sonrió con toda la buena voluntad del mundo, huecos entre los dientes aparte, señalándose la cara con las dos manos como si eso fuese ayudar a una mejor visibilidad bajo el pelo estropajoso de la barba y las melenas greñudas. Era consciente de que olía fatal, pero algo le decía que eso ayudaría a que lo identificase antes.

La primera reacción de Karl Botero fue llevarse la mano al cinturón, acariciando el mango de la pistola sónica casi por inercia. Cosas del entrenamiento, que también le hizo rozar la porra eléctrica del costado contrario. Pero la voz aguardentosa de Nikos Sagan era una entre un millón y ni todo el esfuerzo del mundo le habría permitido fingir que no lo reconocía. Hasta se alegraba de haberlo encontrado después de casi tres año sin saber de él.

  • Baja la voz, capullo.
  • Claro, claro –contestó el otro, encogiendo la cabeza entre los hombros como si eso fuese a servir para bajarle el tono–. Si que has progresado, ¿no? ¿De dónde vienes, con todos estos guripas?
  • Pues de ser un guripa.
  • De eso ya me he dado cuenta –achinó los ojos para leer el logo de las solapas del traje, amarillo sobre negro– Hi-per-me-ga-se-cu-ri-tas

Karl tiró de Nikos hacia el hueco entre las dos orugonetas que con sus compañeros guripas había aparcado en la entrada del chabolismo hacía menos de de diez minutos. Iba a ser una razzia de reclutamiento normal y corriente, el Jefe Setién llevaba una lista muy específica con fotos y apellidos de las familias donde podía haber jóvenes subcontratables o técnicos caídos en desgracia a los que “reciclar” cortesía de Jaén, pero a Karl se le empezó a hacer larga en cuanto vio que lo dejaban de guardia y tendría que enfrentarse, una vez más, a la cohorte de mendigos de la zona exterior, que bajaban la cuesta con indescifrables intenciones y, en aquél momento en concreto, se miraban unos a otros y luego a Karl a Nikos con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

  • Mira, compadre, no sé si te estoy metiendo en alguna clase de problema…
  • No es eso… Bueno, que es mejor que no me vaya a ver ningún compañero hablando contigo, vamos…
  • Sí, claro, siendo así, no es meterte en problemas, no.
  • Bueno, no toques los cojones.

Las dos orugonetas, el logo amarillo sobre negro de Hipermegasecuritas bien visible, además de proporcionar refugio contra miradas indiscretas –del resto de vagabundos, por ejemplo– también lo hacían, al estar aparcadas en la rampa de entrada al chabolismo, contra el sol de justicia que caía al medio día sobre las zonas cercanas a la desembocadura del Guadalquivir, así que Nikos decidió no quejarse mucho. Su antiguo compañero, como buen subcontratista de seguridad, llevaba un traje climático, así que le daba igual. Y la porra eléctrica y la pistola sónica seguían bien colocadas en el cinturón.

  • ¿Cuándo has llegado aquí? –cortó el hilo de sus pensamientos, brusco, Karl.
  • Pues hace una semana o así, con un grupo desde Murcia, atravesando la tierra de nadie en paralelo a la vía.
  • Tiene cojones, ¿todavía estás para hacer eso?
  • ¿Y qué quieres? ¿Por qué me preguntas tanto, si te tendría que preguntar yo de donde ha salido ese traje climático o cuando pudiste meterle mano de nuevo a una cuchilla?

Karl chascó la lengua y agachó la cabeza, como si quisiera compartir un secreto. Podía ver las sombras del resto de mendigos acercarse a las orugonetas, pero no oír el regreso ordenado de sus compañeros con los nuevos subcontratados. Se dijo que era suficiente margen.

  • Después de separarnos me vine aquí, haciendo lo mismo que tú pero desde Albacete. Estuve trabajando para un dirigente local…
  • De un chabolismo…
  • Claro, coño, ¿de qué si no?
  • ¿De este? –Nikos señaló al suelo.
  • No, hombre, ni loco vuelvo así… –Karl hizo un gesto con las manos abarcando el cinturón y las botas– Uno más al norte, por el lado de las montañas. La cosa es que en una razzia de hace seis meses salió el típico padre revoltoso que dice que le da igual lo ventajoso que sea el subcontrato y tal y que su niña no se mueve del sitio. Mi jefe de allí tenía un acuerdo con el Concejo de Jaén para esas cosas. Se me debió notar el entrenamiento y Jefe Setién estaba escaso de personal desde una fuga que hubo en un generador…
  • Ah, eso lo he oído, en el generador secundario de Barrio 1, lo sacaron los Proyectores…
  • Lo que sea… Había una plaza por cubrir, me hizo el test, me arregló los papeles y ahora soy un subcontratado.
  • Guay.
  • ¿Guay?
  • ¿Hay más plazas?
  • No.
  • Vamos, en seis meses de algo te habrás enterado, ¿no? Seguro que el generador ese sigue soltando mucha mierda y algún huequecillo tienen, ¿no?

La sonrisa a medio desdentar y voluntariosa de Nikos hizo necesario todo el autocontrol de Karl. Seis meses de asistencia médica garantizada por el Concejo –a descontar de su sueldo del subcontrato si excedía un máximo, por supuesto– y cuatro previos como matón en el chabolismo comiendo caliente le habían hecho olvidar si alguna vez él había tenido el mismo aspecto.

  • No sé decirte.
  • ¿De qué barrio venís?
  • No te ha dado tiempo de conocerlos todos… Este se llama Barrio Prima. Creo que ahora mismo están los décimoquintos en la lista de Jaén
  • ¿Y no les hace falta un técnico? ¿Eh? ¿Uno sólo?
  • Para esos estamos anticuados, y de lo mío los subcontratos están cubiertos… Escucha…

Las sombras anhelantes de los mendigos se retiraron de la linde de las de las orugonetas. El paso firme y las voces del Jefe Setién interrumpieron la frase de Karl a la mitad.

  • ¡Aire! –sujeto a Nikos por un codo– ¡No! ¡Quédate ahí, pegado al final de la orugoneta, y no le dirijas la palabra a nadie!

Karl se plantó en dos saltos en su puesto de vigilancia, a tiempo de ver llegar la fila de guardias, caminando con un bien marcado paso de la oca, escoltando a una veintena corta de nuevos futuros subcontratados, la mayoría chicas jóvenes pero también un par de tipos relativamente fuertes que irían destinados a trabajos de mantenimiento. Jefe Setién los hizo formar con un movimiento de barbilla. Uno de los guardas empezó a repartir pliegos de subcontrato.

Nikos se vio empujado hasta el último lugar de la fila y se encontró con su propio folio entre las manos.

  • Calladito –Karl se puso un dedo sobre los labios–. La copia que llevas está diseñada para el chabolismo de la costa al que vamos luego, hazte el longuis y no digas nada, luego, cuando tengas la tarjeta de residente, preguntas por mi dirección.

Jefe Setién dio un taconazo que hizo girarse todas las cabezas hacia él. Carraspeó:

  • Muy bien. Todos habéis aceptado las condiciones verbalmente, ahora pasaréis a la parte de carga de las orugonetas. No perdáis vuestra copia, u os arriesgaréis a carecer de status legal al llegar a la zona urbana. No importa lo que os diga cualquiera mientras vais en la orugoneta, ni siquiera yo mismo o cualquiera de mis hombres. Hasta que en la zona del Concejo os validen el subcontrato seguís siendo no-personas. Ese trozo de papel es vuestro billete de entrada en la sociedad de propietarios, la demostración de que os hacéis responsables de vosotros mismos.

II

El Jefe Setién y el Presidente Marín no tardaron ni dos días en presentarse en el cubículo que ahora Karl había empezado a compartir con Nikos. Lo hicieron más o menos discretamente, aprovechando precisamente el turno de descanso de Karl y habiendo comprobado en el registro que no habían salido y que, efectivamente, Nikos Sagan constaba como residente.

  • Comprenderás, Karl, que esto es, en fin, un poco extraño –comenzó Setién, sintiendo la mirada del Presidente en la nuca.
  • No veo por qué –respondió el subcontrato de seguridad, que lo tenía todo muy bien pensado.

Se habían sentado alrededor de la mesa flotante, la única del cubículo, en cuatro cojines sónicos de modelo anticuado que hicieron torcer la nariz a Marín. Para colocarlos habían tenido que recoger el doble futón bajo la mesa y retraer los proyectores, en una operación algo lenta que hizo tamborilear con el pie en el suelo al Presidente. En la cara de Setién mientras oía el tap-tap-tap se podían leer las quejas que llevaba soportando todo el día.

El líder electo de los propietarios y residentes no estaba nada contento con el “reclutamiento espontáneo” que había llevado a cabo Karl Botero durante una razzia rutinaria, que por lo demás había ido bastante bien para el barrio en general, con siete nuevas chicas de servicio, una aprendiz de enfermera para la escuela y tres nuevos aprendices de mantenimiento de los que Jefe Lukas esperaba que al menos uno llegase vivo al invierno. El súbito ataque de caridad de uno de sus subsubcontratos le molestaba como una chinita en el zapato, y que además se pusiese respondón era todo cuanto hacia falta para hacerlo saltar.

  • ¡¿No ve por qué?! ¿Sabe que aspiramos a subir a decimocuarto lugar en la lista de Jaén de aquí a seis meses? –una razón era que el generador accidentado estaba haciendo caer puestos a Barrio 1 a velocidad de vértigo– ¿Cómo va a revalorizarse nuestra propiedad si nos toman por Las Hermanas? ¿No cree que Hipermegasecuritas tiene ya bastantes problemas?

Jefe Setién dio un respingo cuando escuchó mencionar el nombre de la empresa.

  • Presidente, comprenderá usted que no puede hacer responsable a la firma de la actitud de un solo subcontrato.
  • Exacto –Karl acababa de ver claro que esos dos no se habían preparado la entrevista y atacó a saco, a desconcertarlos.
  • ¿Exacto? ¿Está de acuerdo con que lo despidan? –pestañeó Marín– ¡Quiere que lo eches! ¡Asunto resuelto! –levantó los brazos con alegría que los demás no supieron si tomar a guasa y amagó con levantarse.
  • No me han entendido bien –terció Karl.

Nikos permanecía mudo, sin saber cómo tomarse que los dos visitantes lo ignorasen tal que a un mueble.

  • ¿No le hemos entendido? Usted no debe estar entendiendo que represento al comité de propietarios y residentes que subcontrata a la subcontrata de seguridad que lo ha subcontratado a usted… –Marín gesticuló un poco, tenía unas manos gordezuelas y rosadas que al moverse con tanto nervioso componían una estampa algo cómica– Sólo tengo que firmar en el aire y lo dejarán en la tierra de nadie, para que se las tenga que apañar como se merece…
  • Le pido que deje que se explique –terció Jefe Setién. Se giró hacia Karl.– Dijiste exacto a lo de la responsabilidad del subcontrato.
  • Exacto.
  • ¡Exacto! –bramó Marín.
  • Me refiero a que Hipermegasecuritas me subcontrata como responsable de una labor específica en el mantenimiento del orden y buen funcionamiento del negocio de seguridad en Barrio Prima, ¿no? Cuyo valor queda establecido en mi retribución, que incluye este cubículo, la cuota de salud, la cuota de agua y el intermedio de ocio, ¿no es así?

Jefe y Presidente se miraron, empezando a comprender.

  • Quieres decir que…
  • Que en vista de que no me veo capaz de cubrir mi parte del subcontrato, he subcontratado al señor Nikos Sagan a cambio del cincuenta por ciento de mi retribución.

Nikos sonrió al Presidente con los labios apretados.

  • ¿Eso qué significa exactamente para su labor dentro de la subcontrata? –Marín le arrebató la pregunta a Setién, intentando entrever dónde exactamente estaría la razón que le ayudaría a seguir enfadado.
  • Pues que realizaremos el trabajo para el que he sido subcontratado en pareja –explicó Karl, muy tranquilo.

Setién, algo aturdido, se inclinó hacia su subordinado.

  • ¿Las rondas? ¿El turno de monitores? ¿Las palizas?
  • Todo los dos a la vez –certificó–. Para cubrir la cuota de seguridad que corresponde a mi retribución.
  • ¿Y la dividirán en dos? –intervino incrédulo Marín.
  • Como corresponde por el subsubcontrato que hemos firmado.
  • ¿Puedo verlo? –insistió el Presidente.

Al salir del cubículo, en el estrecho pasillo del anillo exterior, dejando a Karl y Nikos recuperando el aire de sus pulmones, Marín no pudo evitar estallar de alegría, acariciando los beneficios del asunto encarnados en el codo de un Jefe Setién que dismulaba bien su repugnancia.

  • ¡Qué gran emprendedor ese Botero! ¡Y qué grande para su empresa y para nuestra comunidad de propietarios y residentes!

El encargado de seguridad se encogió de hombros.

  • .. Los estatutos de subcontratación no dicen nada en contra, al fin y al cabo una vez firmó el suyo demostró que tenía los mismos derechos que cualquiera…
  • ¡Eso mismo, hombre! ¡De eso se trata! Un tipo hecho a sí mismo, como lo somos todos aquí, que busca maximizar beneficios…
  • Bueno, así va a ganar menos… Si reparte la cuota de salud, para que al compañero le arreglen los dientes el tendrá que renunciar al tratamiento de la pierna, creo que era…
  • ¿Compañero?
  • El subcontratado del subcontratado de nuestra subcontrata, señor.
  • No use palabras raras… Mire, es evidente, este Botero quiere conservar el empleo porque de cualquier manera siempre será mejor que irse a la tierra de nadie, está claro que no es un vago de los que les gusta vivir en los chabolismos… –Setién ni parpadeó, dejando perorar al Presidente– Es un tipo brillante, lástima que carezca de formación… Sabe que no nos compensaría que hicieran dos turnos, para eso podíamos contratar al otro o a cualquiera, así que nos ofrece un servicio mejor, ¡dos hombres por el precio de uno! ¡Doble vigilancia! ¡Un monitor dos veces mejor atendido en su turno! Brillante, brillante, un auténtico propietario de sí mismo…

III

Buenaventura Marín bajó hasta la cocina de su propiedad en una de las plataformas-ascensor, canturreando el último éxito recomendado por cascovisión, “Si tu corazón fuese de plexi-glás yo lo perforaría con una aurora boreal marciana”. El autor era un artista turco recientemente mudado a Madrid. Un barrio en decadencia se había reconvertido en bohemio, revalorizándose, a raíz de ofrecerle un trato ventajoso de copropiedad. Ese tipo de astutas jugadas obsesionaban a Marín, que creía haber encontrado la suya en el invento de la subsubcontrata

En la mesa estaban repartidas ya su mujer y sus dos mellizas, cada una en su correspondiente silla flotante. La madre y una de las niñas, Enid, tenían conectados los cascos y parecían ajenas a todo lo que no fuese el filtro de información y los huevos revueltos con bacón. En cuanto a Enide, trasteaba con un proyector de bolsillo.

  • ¿Haces los deberes? –Barrio Prima podía presumir de tener una educación al nivel de los primeros de las listas de Jaén o Ciudad Real, aunque no contribuyese mucho a subir la cotización de la propiedad.
  • Memorizo la historia de los moais –la niña contestó sin deja de mirar el holograma, que desde la perspectiva de su padre era sólo un montón de estática gris flotando un par de milimetros por encima del proyector–. La he elegido para los ejercicios de vuelco de datos.
  • Excelente –Marín calculaba que si las niñas podían convertirse en técnicos de grado superior podrían hacer un buen matrimonio con el hijo o la hija de alguna familia de lo alto de la lista de Jaén–. ¿Y por qué esa historia, querida?
  • Me gusta.
  • Aham –pulsó un par botones en la consola de la mesa, pidiendo su propio desayuno. No le apetecía mucho seguir escuchando.
  • ¿Quieres que te la cuente?
  • Claro, cariño –aguzó el oído para comprobar que en el cabina de servicio se escuchaba el pedido que acaba de teclear, esperando el eco tranquilizador.
  • Los moais son las estatuas cabezonas que salieron en los proyectores la semana pasada.
  • Ah, sí. Las que compró Barrio General. Es el número tres de la lista de Londres, ¿lo sabías, Enide?
  • Lo dices siempre papá –la niña no dejaba de pulsar teclas, haciendo bailar la nube de estática, para ella una proyección a escala de la Isla de Pascua o una reproducción de la talla de un moai, según.
  • ¿Y vas a explicar la estrategia de compra de esos mosais?
  • No. Quiero explicar cómo los hicieron.

La chica nueva de servicio, cubierta por el mono gris que anunciaba su condición, pasó junto a la esposa y Enid retirando los platos terminados y las servilletas usadas. Luego dejó a Marín su desayuno en una minibandeja. Todo manteniendo los ojos en el suelo. El Presidente de los propietarios y residentes cabeceó satisfecho mientras la veía alejarse.

  • Eran una forma de las familias de distinguirse, ¿sabes? –Enide continuaba hablando, consciente de que su padre había dejado de escucharla, pero deseosa de explicar en voz alta esa historia que la entusiasmaba tanto.
  • ¿Ah, sí? –el último dato interesó levemente a Buenaventura.
  • Sí, lo que pasa que para colocarlas junto al mar tenían que arrastrarlas con troncos, hacía falta mucha madera.
  • Ah, sí. Las playas de la isla de Cuaresma.
  • Pascua.
  • Eso.
  • Lo hicieron hasta que se quedaron sin madera. Como no había madera, no podían hacer barcas para pescar, y se quedaron sin comida. Y como tenían hambre, empazaron a pelearse.
  • ¿Y por qué no contrataron una cadena de redistribución de recursos?
  • No existían. Fue hace mucho tiempo. Hace seiscientos o setecientos años.
  • ¿Y no lo han recuperado, como fuente de ingresos basada en las tradiciones ancestrales?
  • Su isla ya no existe, fue de las primeras en hundirse. Los cabezones los recuperó el gobierno de un país antiguo, y el actual Concejo de allí se lo vendió a Barrio General.
  • Qué gran historia.

Presidente Marín continuaba reflexionando sobre las posibilidades de convencer al Concejo para construir la reproducción de un pequeño moai –un “moaisito”– en Barrio Prima cuando subió al Norraíl para acudir a la reunión en el centro urbano. Tenía que hablar con Secretario Guzmán de unos asuntos técnicos, y el viejo, siempre tan anticuado, insistió en que fuese en persona. A Marín la propuesta, a la que no podía negarse, le había fastidiado en un primer momento, pero ahora comprendía que era un oportunidad única.

El coordinador del Concejo reaccionó tal y como él esperaba.

  • Cada hombre un subcontratista. Puedo verlo –Guzmán meneaba en el aire su puro de coca, probablemente dibujando el eslogán para la Convención de Concejos–. En cuanto saque usted esto en los proyectores o la cascovisión, Barrio Prima subirá como la espuma. Lo veo entre los diez primeros de la lista de Jaén, lo que significa entre los cincuenta de Madrid y los doscientos de Toulouse, ¿me comprende?
  • Perfectamente –a Marín le brillaban los ojos, pero no tenía muy claro qué era exactamente Toulouse.
  • Son ustedes un ejemplo para nuestra sociedad de propietarios, Buenaventura. Y ese Karl Botero, un visionario –cada palabra de Ríos suponía una orgasmo en la caja registradora de la cabeza de Marín–. Estos de Hipermegasecuritas si qué saben mantenerse en la cresta de la ola. Lo vio usted bien, Bueventura, al no deshacerse de ellos.
  • Claro –tras lo del generador la firma rebajó sus tarifas para continuar en la lista de las cinco de la Zona Sur y Marín y sus socios los mantuvieron al hacer la media entre precio y prestigio que les daría por algunos meses, planeando sustituirlos en cuanto cayesen–. Supimos esperar, ¿verdad?
  • Qué importante es eso, Buenaventura.
  • Vaya.

Media hora después, Presidente Marín regresaba en el Norraíl por el pasillo seguro norte, el casco sintonizado con una emisora de ocio, concentrado en su gran éxito. Sólo necesitaba aprovechar el viento a favor y asociar en lo más posible el nombre de Barrio Prima a Hipermegasecuritas. La empresa sabía que dependían de su buena voluntad para expandir ese modelo, y Botero había sido un emprendedor, pero no lo bastante listo. Le había dado demasiada publicidad y pronto se quedaría atrás, pero Barrio Prima sería el primero en la lista de Jaén y en la de Madrid en presumir del doble de seguridad por el mismo precio. Si lo gestionaba bien, podría atraer un par de nuevos propietarios de cierto nivel antes de que la idea llegase a todas partes. De hecho, si eran del nivel suficiente, podría incluso librarse de alguno de los de menor rango, que bajaban la media de poder adquisitivo. Y en los chabolismos se recibiría como el aumento de las oportunidades para dejar de ser no-personas. ¡Todos estarían dispuestos a trabajar en Barrio Prima por la mitad de una retribución!

Claro que sí.

IV

  • ¡Karl! ¡Nikos! –bramó un mendigo maloliente– ¡Soy yo, coño, vuestro compadre Norberto!
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