El tranvía

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El tranvía se llena siempre en esta estación y te obliga a levantar un ojo del libro. Empiezan a subir señoras mayores, por lo que te pones de pie y caminas hacia el centro del vagón. Ni siquiera te vuelves ni les dices nada porque no hay idioma en común y porque aunque lo hubiese igual te contestaban de malos modos. Así son, a veces, las señoras checas.

Maniobras para colocarte la mochila al hombro sin sacar un dedo de la página por la que ibas ni dejar de agarrarte a las barras. El traqueteo es mínimo, pero las paradas de este tramo están muy cerca, y el frenazo si te puede desequilibrar. Por el rabillo del ojo eres consciente de que un niño con gorra se ha sentado en el asiento detrás del que ocupabas tú. Calculas que debía tenerlo su madre en brazos y que no te habías dado cuenta y te preguntas si debiste levantarte antes.

Cuando ya estás segura, miras por la ventanilla para comprobar si tu cálculo de paradas es correcto. Por inercia, haces un barrido por la parte de atrás del vagón y tu mirada se cruza con la chica del pelo corto. Cuando subió, mucho antes que las señoras, admites que la miraste un segundo de más. Es más joven que tú, no parece checa. Creías que estaba de pie agarrada a una barra cerca de la puerta, pero ha debido moverse y alcanzar un asiento libre. Le aguantas la mirada, de nuevo un segundo de más, y te retiras un poco azorada, tratando de convencerte de que se ha sentado porque iba cansada, no porque notase que la vigilabas.

Vuelves a tu libro, en el que Roald Dhal despedaza sin piedad la hipocresía de la burguesía británica del siglo pasado. Aparece un personaje apellidado Snape. Te preguntas si tendrá algo que ver con que el de Harry Potter se llame así. Los tíos Dudley siempre te han recordado a los padres de Matilda, es ese perfil de ‘adulto de Roald Dhal: un poco miserable, un poco cobarde y siempre con una concepción excesivamente elevada de su propia dignidad.

Un tirón un poco más fuerte al frenar te hace levantar la vista hacia la cabina del conductor. Deben quedarte cuatro paradas. Te llega un bofetón de olor dulzón cuando sube un vagabundo al tren. Trepa por las escalerillas de la entrada muy lentamente, impulsándose con el brazo que se sujeta a la baranda. Cojea de la pierna izquierda y tiene una joroba que le hace asomar un hombro desnudo por el cuello del jersey. La prenda luce beige y llena de manchas, pero es posible que no fuese su color original. No sabes calcularle la edad, tiene el pelo negro con alguna cana, enmarañado y polvoriento. Cada pie lleva un zapato diferente.

El hombre no levanta la vista, simplemente ocupa el primer asiento libre, que da la espalda a la cabina del conductor, justo frente al que tú abandonaste antes. La señora que te sustituyó mira un segundo al vagabundo y luego agarra su bolso y se levanta, para agarrarse a una de las barras verticales cerca de la puerta. Cuando el niño de la gorra la ve, la imita y vuelve junto a su madre, que lo agarra de la cintura para volver a tenerlo en brazos.

El vagabundo solo se da por enterado para cambiarse al lugar que ocupaba la mujer, de manera que ahora viaja en el sentido de la marcha. Se mueve esos pocos centímetros muy lentamente y sin dejar de tener la vista clavada en el suelo. Su olor dulzón e intenso se ha propagado por todo el vagón. Sois seis personas en el centro, sujetas precariamente de las barras, a pesar de que hay dos asientos vacíos. Otro chico, con los brazos llenos de tatuajes, está junto a ti y también maniobra con un libro, lo que te consuela de no ser la única equilibrista de la cultura. Pero él estaba de pie desde el principio, crees recordar.

Te descubres pensando que no has visto al vagabundo validar ningún ticket de viaje. ¿Se habrá dado cuenta el conductor? Por otra parte recuerdas que en tu primera semana en la ciudad, por pura inexperiencia y no tener una tarjeta checa, hiciste algún viaje sin pagar las 24 coronas de rigor. No es para tanto, es menos de un euro. Tampoco recuerdas si has visto validar a la chica del pelo corto, solo que os sostuvisteis la mirada durante un segundo de más. Pero puede que ella tenga abono.

No has vuelto a Roald Dhal. La mano izquierda te mantiene en equilibrio y el índice de la derecha marca la página en la que te quedaste. No te atreves a comprobar si la chica del pelo corto comparte la cara de desagrado hacia el vagabundo del resto del vagón. El hombre, por otro lado, no emite ningún sonido. Solo mira hacia el suelo.

El Moldava pasa bajo vuestros pies. Estáis atravesando el Puente de las Legiones y puedes observar a los turistas agolpándose en el Puente de Carlos al otro lado. También algún piragüista y más turistas en sus barcazas de pedales, además de los restaurantes de ambas orillas. En cuanto rebaséis el Teatro Nacional tendrás que bajarte. Justo antes del puente han subido cinco o seis personas más, pero los asientos enfrente y detrás del jorobado siguen vacíos.

La megafonía anuncia en checo tu parada. Detrás del teatro hay un mercadillo por ser domingo. Te sueltas de la barra, notas al lector de los tatuajes bajar detrás de ti y marcharse. Echas dos miradas furtivas hacia atrás, una al vagabundo y otra a la chica del pelo corto. No la ves. No sabes si se ha levantado porque baja más adelante y estará junto a una de las puertas o es que llegó antes a su destino y no lo notaste.

Ves perderse en el mercadillo al chico de los tatuajes. Cuando vas a guardar el libro de Roald Dhal en la mochila te das cuenta de que quitaste el dedo. Has perdido la página por la que ibas leyendo.

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