El aplauso

Hay un diálogo en Alí (2001), de Michael Mann, en el que Muhammad Alí, interpretado por Will Smith, se reencuentra con Malcolm X, encarnado por Mario Van Peebles, y se ponen al día. El carisma de Malcolm, que en el guión no pasa de ser un secundario que sirve de catalizador a las dudas de fe del protagonista, roba planos y secuencias en cada minuto de película. En esta ocasión le explica a Alí que acaba de volver de La Meca, donde ha podido rezar junto a musulmanes negros, pelirrojos, pigmeos o indonesios, experimentando una sensación de hermandad mayor que la que había sentido nunca en su vida.

Cada día, cuando aplaudís, alguien interrumpe su conversación conmigo en WhatsApp o Skype para unirse. Yo a veces sigo con lo que estaba haciendo y otras miro a mi patio interior. El aplauso sanitario ha llegado hasta Eslovaquia, pero en mi barrio no se da. Y aunque lo hiciese, me sentiría un extraño, que es la ventaja del exiliado. Caminas entre ellos, pero no eres uno de ellos.

Canté el gol de Iniesta en un bar portugués en Bruselas junto a españoles a los que casi acababa de conocer y rodeados de holandeses. En las manifestaciones del 8M y contra la Manada, envidié el grito de las amazonas, tomado de los indios de las películas y, os digan lo que os digan, de Xena, La Princesa Guerrera.

Hay un chip escéptico en mi cabeza, nacido de la educación individualista, de la desconfianza ibérica y el resabío andaluz, de la herencia de Franco o de las ficciones narcisistas del cine, la novela y el cómic.

Ni siquiera mantengo las pertenencias idiosincráticas, las que me corresponderían por contexto cultural. Puedo conservar el respeto cerval por una misa en marcha –aunque sea en un idioma que no entiendo, lo he comprobado– y observar la Semana Santa como cercana, pero no soy capaz de sentirme parte. Y las bestias que sostienen banderas me dan miedo y pena, igual que a ti. Ni las banderas que me tocarían en el reparto me sirven para nada. Me queda la aspiración a la conciencia de clase, de la que la burbujita trentolescente y de desarraigo te extrae fácilmente.

Hace meses, en una conversación de exiliados treintañeros y cuñados en Praga uno de nosotros se quejaba de que lo llamasen violador junto al Estado opresor en la célebre performance nacida en Chile que ha dado la vuelta al mundo. Sin procesar que no nos hablaban a nosotros, que nosotros no éramos ese ‘tú’ al que señalaban. Y que en todo caso, eso da igual. Que lo que debíamos buscar era la fuerza que surge de la protección mutua y la reclamación del espacio que les pertenece.

¿Es egocentrismo sentirse interpelado por todo, o lo es aún más no sentirse interpelado por nada, tan especial y escéptico que cualquier comunión colectiva nos rodea sin tocarnos y nos deja indemnes?

Nos reunimos juntos para sentir en el teatro, en el cine, en el estadio, en la calle, pero en lugar sumirnos en la ola colectiva intentamos capturarlo como momentos individuales que encerrar en una cajita y luego mostrar.

No sé si estaría saliendo a aplaudir si estuviese allí. Solo lamento no formar parte de ello, de todo esto, con vosotros.

Porque tú…

¿Tú qué has sentido?

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