Los tres Ján

El centro de Bratislava, especialmente en la zona de la Plaza de la Libertad, entre las facultades de Arquitectura y Química, luce pintadas con la concatenación de los ‘tres Ján’, como si fuesen el recital de alguna raíz en lengua eslava. Ján Hus. Ján Palach. Ján Kuciak. Unen la Historia medieval y moderna de la antigua Checoslovaquia con la de la Eslovaquia actual, miembro de la Unión Europea y que lucha contra los populismos y la corrupción como otras democracias avanzadas, a través de tres héroes en la lucha por la libertad de los pueblos eslavos.

El más antiguo, Ján Hus fue un reformador cristiano del siglo XIV y fundador de la corriente cristiana Husita, que lleva su nombre. Tiene un monumento en la plaza de la Ciudad Vieja de Praga junto al que se fotografían, sin saber mucho de él, miles y miles de turistas todos los años. Para los protestantes es un precedente de Lutero y para los checos es un símbolo nacionalista. Fue quemado en la hoguera por hereje en 1415. El primer presidente de Checoslovaquia, Tomas Garrigue Masaryk, lo convirtió en un símbolo nacional a partir de 1918, aunque menos de un 5% de los checos sigue siendo seguidor de sus enseñanzas, es decir, husita o taborita.

Ján Palach fue un estudiante de Filosofía que en 1969, con apenas 19 años, se quemó vivo en la Plaza de San Wenceslao de la capital para denunciar la represión posterior a la invasión soviética del 68 que acabó con la Primavera de Praga. Otro estudiante, Ján Zijic, lo imitó un mes después. Era un plan desesperado de los opositores al régimen para llamar la atención del planeta sobre la crueldad del llamado periodo de la Normalización, en el que la STB, la policía secreta del régimen, émulo checoslovaco de la KGB o la Stasi, tomó el control del país. El Muro de John Lennon es hijo de aquella época también.

Hus y Palach están ahí para resaltar la figura del último Ján, el actual, Ján Kuciak.

Se trata de un periodista de investigación asesinado junto a su prometida en febrero de 2018, con apenas 27 años de edad, por investigar las conexiones de una red de blanqueo de dinero con importantes empresarios de su país y el gobierno del ya ex primer ministro Robert Fico. Kuciak había desvelado en el diario eslovaco Aktuality.sk las conexiones de la mafia italiana con el gobierno de su país y desvíos de fondos de la UE por empresas de propiedad poco clara.

La evidencia de las conexiones políticas tras su muerte acabó provocando una cascada de dimisiones en el Gobierno eslovaco, comenzando por el ministro de Cultura, avergonzado de que en el país se asesinase a periodista con él en el cargo. Solo que el más salpicado por el escándalo, el entonces primer ministro Robert Fico, no dimitió. Abdicó. Aceptó dejar el cargo si lo sucedía su número dos, que continúa actualmente en el poder, Peter Pellegrini.

El movimiento Za Slusne Slovenko (Iniciativa por una Eslovaquia Decente) ha hecho bandera del esclarecimiento del asesinato de Kuciak en un año entero de movilizaciones. Recordemos que Eslovaquia tiene hasta cuatro partidos que podríamos considerar de extrema derecha o ultranacionalista en su parlamento. El próximo febrero habrá unas elecciones al Consejo Nacional decisivas (el sistema es unicameral, no hay Senado). Fico puso como condición al dimitir que no se convocasen elecciones para que su partido mantuviese la coalición de Gobierno, así que pese a la crisis de 2018 la cámara no se ha renovado.

Así que ese mensaje une los destinos de dos mártires por la libertad checos y eslovacos con el símbolo de la actual lucha por la democracia y contra la corrupción en el país, que también murió joven y sacrificándose por sus ideales. La justicia para Kuciak es una lucha de los movimientos por la libertad de expresión en el seno de la Unión Europea.

Se podrían añadir incluso dos ‘Ján’ más, ambos, de nuevo, checoslovacos de nacimiento aunque más reivindicados por los vecinos checos que por los eslovacos: Ján Opetal y Ján Masaryk.

Opetal, más internacional de los que podemos suponer, fue una de las primeras víctimas ‘públicas’ de la ocupación nazi del antiguo Protectorado de Bohemia y Moravia, actual República Checa. Murió el 11 de noviembre de 1939 tras sufrir heridas graves durante los disparos de la policía alemana contra una manifestación de estudiantes contra la ocupación el 28 de octubre del mismo año, aniversario de la independencia checoslovaca. Sus compañeros se manifestaron en protesta por su muerte el 15 de noviembre y el 17 los nazis cerraron las universidades checas.

Hoy en día, el 17 de noviembre conmemora este hecho como Día Internacional del Estudiante, y fue un 17 de noviembre de 1989 cuando las protestas de los estudiantes praguenses dieron comienzo a la Revolución de Terciopelo, poniendo fin a 41 años de dictadura comunista. El último 17, a los 30 años de aquello, el movimiento Milion Chvilek pro Demokracii (Un Millón de Pasos Por la Democracia) reclamó la dimisión de Andrej Babiš, actual primer ministro acusado de corrupción por desviar fondos de la UE.

Masaryk, por su parte, es considerado la primera víctima de la dictadura comunista checoslovaca. Ministro de Exteriores durante el gobierno en el exilio en la Segunda Guerra Mundial, ocupó el mismo puesto en el gobierno de concentración nacional que salió de las elecciones de 1946, con el comunista Klement Gottwald como primer ministro. Tras el Golpe de Febrero del 48, se negó a dimitir de su puesto y continuó como el último ministro no comunista hasta el 10 de marzo, en que apareció muerto en el patio del Ministerio de Exteriores. Aunque la causa oficial fue suicidio, este noviembre la Fiscalía General checa ha reabierto el caso tras 71 años al aparecer nuevas pruebas.

Los actuales movimientos de regeneración democrática en Chequia y Eslovaquia han aprendido a beber de su Historia para volver contra los nacionalismos y los populismos de nuevo cuño su propio discurso identitario. En el rincón más recientemente incorporado a la democracia de la Unión Europea, Babiš y Pellegrini se enfrentan a una generación que es capaz de revivir los valores de los héroes del pasado sin volverlos excluyentes. Es la Centroeuropa de los ‘Ján’, el Visegrado alternativo que nos cuenta que otra Europa aún es posible.

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