Tu patria es un lugar donde las chicas se pueden besar

Una crítica común a El Ministerio del Tiempo es la acusación de rancia por sostener que la Historia de España no debe cambiarse, entendiendo que esto quiere decir que se da el aprobado a todos los errores manifiestos del pasado, desde la Inquisición hasta el Franquismo. Sin embargo, el capítulo final condena todos esos episodios de nuestra Historia en una sola persona, la de Felipe II, el rey del mayor momento de poder político de España, y los presenta desmontando cada seña de identidad española, o al menos presentándolas como negativas frente a una identidad actual mucho más saludable.

El enfoque de la Historia de MdT es presentado explícitamente en ‘Cambio de tiempo’, expandiendo la frase de Salvador Martí del piloto: la Historia de España podría ser mejor pero también mucho peor. La prueba de que no es tan mala, y esa sí se deja en elipsis, es que nos produce a nosotros. A Julián, a Amelia y a Alonso, y a los españoles de la actualidad, que vemos como el personaje que representa mejor la alegría de vivir y las libertades de este siglo XXI que seguimos intentando defender, Irene Larra, es reducida a una sombra de sí misma. Ella misma lo pide: si hay un mundo en el que existe otra yo, por favor, hacedlo posible.

Porque, por un lado, no existe una España ideal a la que regresar, una España perfecta que determinados elementos impidan que se mantenga. Eso es un tópico heredado del Franquismo y que se asemeja peligrosamente a los de la extrema derecha europea. El capítulo dedicado a El Cid ya lo desmentía: es mejor un Cid con ideales del siglo XXI que lo que pudo defender el auténtico. El dibujante Bryan Talbot ya parodió, sin saberlo, el futuro Brexit en su magnífica El Corazón del Imperio, que aplica la misma vuelta de tuerca de MdT: cuando éramos el Imperio, dice a sus conciudadanos británicos, éramos nazis muy pagados de sí mismos. Y una selección española en la que juega Messi porque tenemos colonizado su país no tendría mucho mérito.

Y, por otro, tampoco existe el paraíso progresista que no hemos podido alcanzar por culpa de los anteriores. No es autocomplaciente afirmar, que, a pesar de los fallos de la España actual, tampoco lo hacemos tan mal, aunque sea evidente que podemos mejorar. Una España con victoria de Napoleón o de la II República habría tenido los mismos problemas, sólo que con enfoques diferentes. De nuevo desde la ciencia-ficción, autores netamente progresistas como Jesús Torbado en En el día de hoy o César Mallorquí en El coleccionista de sellos dibujan una España republicana que no puede librarse de la agresión fascista o en la que no merece la pena vivir si no puedes ser feliz junto a la persona a la que amas.

Porque, sin la conciencia de la pérdida, de esa melancolía de todos los ‘¿y sí…?’ de la Historia o de las historias, no se puede valorar lo que tenías ni mantienes lo que has aprendido gracias a ello. Es la lección que reciben Julián y Alonso cuando comparten vida con sus mujeres de ese Franquismo ucrónico. Julián, que es un hombre del siglo XXI, capta a la primera que esa persona no es la Maite de cuya muerte aún se está recuperando, es alguien diferente junto a quién no podría ser feliz. Alonso, sin tanta educación emocional a sus espaldas pero en pleno proceso de aculturación desde su siglo XVI, necesita un empujón para admitir que prefiere a la Elena que lo desafía desde la actualidad que a la esposa sumisa que dejó atrás.

Así, es mucho mejor ser Alonso del siglo XXI que el Alonso real, tanto para él como para los demás. Es decir, ese pasado es peor, pero se puede redimir. No es un problema de esencia sino de cultura, y si hemos pasado de Alonso a Julián, o del Alonso original que no soportaba recibir órdenes de Amelia al actual que es capaz de traicionar a su Rey por sus compañeros, podemos hacerlo todo. Se cierra el arco de la serie encarnado en ese soldado definitivo, el buen vasallo si tuviese buen señor, que elige una patria formada por personas, que no lo maltrata ni lo quiere sumiso, antes que una gloria imperial que no sirve para nada a sus súbditos.

La conclusión final de las dos temporadas de MdT es que cuando éramos la principal potencia mundial, básicamente, éramos una mierda. El Rey Prudente era un obsesivo que acabó perdiendo el sentido de la realidad. En su país, amar era delito, y existía un tribunal, presuntamente sagrado, que te torturaba si “pensabas mal”. El presente no será perfecto, pero siempre será mejor ver pasar banderas del Atleti que la Cruz de Borgoña por debajo de tu ventana.

Quizás no puedes salvar a tu amigo, Federico García Lorca. Quizás el Cid era un montaje. Quizás España nunca será una potencia mundial en nada que no sea el fútbol. Pero tu patria es un lugar maravilloso. Un lugar donde, a veces, puedes decir lo que te dé la gana sobre el tema que quieras. Un lugar donde puedes enamorarte de alguien que está junto a ti porque sois complementarios, no porque se sienta inferior. Tu patria, en fin, no es un Imperio en el que jamás se pone el sol. Es un lugar donde las chicas se pueden besar sin que nadie se atreva a impedírselo.

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