Non capisco

Estás en Padua, norte de Italia, región del Venetto. Algo más de 200.000 habitantes, pegadita a Venecia, en su catedral fue canónigo Petrarca y en su universidad, la segunda más antigua de Europa tras Bolonia, impartió clases Galileo.

En concreto, te encuentras en el Pratto della valle, la segunda plaza más grande Europa después de la Plaza Roja de Moscú, o eso dicen, no has estado en Moscú y no puedes comparar –parece ser que lo de ser segundos va con los padovanos–. El centro de la plaza es un prado –claro– dividido en cuatro secciones por otros tantos caminos que van a dar una fuente donde la gente puede meter los pies, todo rodeado por un foso no muy profundo relleno de agua verde donde conviven peces de distintos tamaños con alguna que otra botella. A ambos lados del foso, sobre una cornisa de piedra que viene muy bien para sentarse, vigilan la plaza las estatuas de grandes hombres padovanos, desde romanos hasta próceres de la República.

Tú te encuentras sentado en la cornisa, del lado de la hierba aunque con los pies sobre el poyete que da al foso. Te da sombra lo que supones un antiguo condottiero o algo así, tampoco es que puedas distinguir muy bien la inscripción del pedestal entre que se encuentra en italiano y la inevitable erosión sobre la piedra. El calor en el norte de Italia es húmedo y pegajoso, y no sabes si es peor cuando el sol pega directamente o cuando lo ocultan las nubes. Justo frente a ti, la calle que lleva a la Basílica de San Antonio. Tienes el mp3 sobre las rodillas y escuchas música mientras ves a los peces nadar el círculos en el agua verde del foso.

Sobre las tres has quedado en el Café Pedrocchi con tus amigos. Se trata de un café muy famoso, que en sus tiempos permanecía abierto las 24 horas, y donde se planearon las insurrecciones contra los austriacos de mediados del siglo XIX. Carísimo, por cierto. Ahora calculas que no debe pasar de la una y media.

Las nubes se han cerrado en una especie de techo blanco, lo que no alivia ni de lejos el calor. Aún así, la gente se refugia bajo los árboles del Pratto. De reojo puedes ver a una pareja. Él, un tópico italiano fashion de camisetita apretada y gafas de sol aerodinámicas, apoya la espalda en el tronco del árbol. Ella se apoya en él. Y alrededor, una niña, aparentemente no muy limpia, que algo les está diciendo para que sonrían. Jurarías que les está pidiendo dinero.

La niña pasa de la pareja a un señor con perro que la ignora completamente. Ahora se acerca a ti y tu mp3 lleno de bandas sonoras de películas.

– …una monettina… –aciertas a escuchar.

Vamos, que te está pidiendo una moneda. Pones cara de tonto y dices:

– Non capisco.

– …una monettina…

No debe acabar de entender tu combinación de gesto y “non capisco”, porque parece creer que dices que no la escuchas por tener los cascos puestos. Se agacha y te quita el auricular de la oreja izquierda, colocándoselo ella en su derecha. Puedes ver su carita redonda, de ojos grandes y oscuros, además de los churretes de las mejillas y las uñas no del todo limpias. Sonríe con picardía mientras mueve la cabeza afirmativamente.

– E bella –afirma.

Lo que escucháis es uno de los temas de la banda sonora de Battlestar Galactica, la versión de 2003, que es algo de violín con ínfulas. Música minimalista que a base de repetir acordes consigue hipnotizar.

Buscas en uno de tus bolsillos y sacas una moneda de dos euros, la cara de pocos amigos de Dante bien reluciente bajo el sol que las nubes han dejado de hurtarte. La niña la recoge de tu palma rápidamente. Te devuelve el auricular.

– Grazie –dice, mientras se baja del poyete.

– Prego –respondes, poniéndote el auricular.

Cambias de pista, la misma canción sólo que en “allegro”, es decir, con más ínfulas. Pero no desentona con el ambiente.

Notas a la niña alejarse, pararse, y regresar en dos saltos. Con su vocecilla aguda y ese tono cantarín con el que hablan los italianos, anuncia:

– …ancora…

Vamos, a su manera, te pide permiso para seguir escuchando música contigo. Quizás porque estás aburrido, puede que porque te hace gracia su desparpajo, la cosa es que te quitas el auricular derecho y se lo entregas. Se sienta a tu lado, con las piernecillas colgando a pocos centímetros de la piedra y el foso.

– E bella –repite, sonriendo, y se señala la oreja.

– Io non parlo italiano –le recuerdas–. Caspico, ma non molto –estás seguro de que esa construcción es un pecado contra la gramática italiana, pero ella a lo mejor no lo nota.

Te mira bizqueando, el sol le da de lleno en la frente, los ojillos entrecerrados y los churretes de las mejillas.

– Io sono de… España –no tienes ni idea de cómo se dice en italiano, hasta el punto de casi decir “l´espagne”.

Pregunta por tu nombre, deduces.

– Jose. E…. como Giusseppe.

La señalas con el dedo.

– Elena –responde.

Ayer visitaste el recinto de la Universidad de Padua. Es la segunda más antigua de Europa –si no cuentas las musulmanas de Al-Andalus o Sicilia, pero eso no lo dice nadie, crees–, fundada por un grupo de alumnos y profesores descontentos con Bolonia –fíjate tú– y en la que impartió clases en su momento el mismísimo Galileo Galilei.

La cuestión es que al comienzo de la visita guiada, la guía trilingüe señaló una estatua de Elena Lucrezia Cornaro, la primera mujer doctorada de la historia, allá por el 1678. Principalmente, tuvo la oportunidad por ser una Cornaro, pero tampoco es cuestión de ahondar en eso.

Así que la niña de… ¿Cuántos años tiene? ¿Lo sabes?

Se te adelanta para preguntar. Incapaz de decir veinticinco en italiano, abres las manos dos veces y luego sólo la derecha.

La señalas. Ella abre una manita de uñas sucias y dos dedos de la otra. Guiña los ojos, las nubes han vuelto a dejar pasar el sol.

Así que la niña de siete años… ¿gitana? Es morena y de ojos oscuros, y evidentemente no es la primera vez que se pasea por el Pratto pidiendo, pero te resulta un poco racista ponerle el cartel, para empezar porque eres incapaz de distinguir a un gitano de un no gitano –pese a ser andaluz o precisamente por serlo–, y, en segundo lugar, porque es imposible que todos los niños mendigos del mundo sean gitanos. Aunque en Italia hay bastantes. Inmigrantes rumanos, si le preguntas a las autoridades. De todos modos, sólo son tus pensamientos, ¿quién va a enterarse?

La niña gitana de siete años a la que has dado una moneda de dos euros y que se encuentra ahora sentada a tu lado, con las piernecillas colgando sobre el foso que rodea del Pratto della valle, medio protegida del sol por la estatua de un condottiero, de frente a la calle que comunica con la Basílica de San Antonio, se llama Elena. Como la prima donna licenciada de la historia, que, entre otras cosas, consiguió tal hazaña por ser hija de uno de los dueños del cortijo. Pero no ahondemos en eso.

Las nubes han vuelto a comerse el sol. Piensas que es un alivio, pero que aumentará la humedad. Te preguntas qué hora es y cuánto tiempo lleva sentada a tu lado la niña, escuchando la banda sonora de Battlestar Galactica, versión 2003.

Pregunta algo.

– Non capisco –respondes, encogiéndote de hombros.

Repite, abriendo las manos en un gesto muy italiano.

Por el oído izquierdo sigues pendiente de los acordes de violín retorciéndose sobre si mismos en pugna por ser el perfecto acompañamiento subliminal para alguna escena de delirante ciencia ficción.

Niegas con la cabeza.

– Una ragazza! –exclama, algo desesperada por tu ignorancia del idioma.

– Ah. Sí, sí. En España –es todo el esfuerzo que puedes hacer.

La niña insiste en cómo se llama.

– Amelia.

¿Y este súbito interés? Lo cierto es que lleváis casi diez minutos allí sentados como pasmarotes, de frente a la calle que lleva a la Basílica del Santo, prácticamente en silencio, exceptuando estos breves intercambio en lingua franca precaria, en los que te preguntas si sonarás como un “españuolo y soldato bisoño”, que eran los de los tercios recién llegados a Nápoles sin idea de italiano, sólo “bisogno” –necesito–, mote tan generalizado que pasó a querer decir, en castellano, novato. No es que seas muy leído, lo explicaba el último Alatriste.

La cuestión es que, con tanto silencio, que quiera rellenarlo de alguna manera tampoco es raro. No sabes si darle dos euros ha sido un error. Probablemente mucho más de lo que suele dar cualquiera –la pareja bajo el árbol intuyes que no le ha dado ni un céntimo–, y ahora piensa que puede sacarte más.

-Molto caldo –dice, y se abanica con una mano, sonriendo.

– Molto –respondes.

Por otra parte, si a esta niña le han salido los dientes –de leche– pidiendo, es probable que los tenga retorcidos. Te imaginas a ti mismo contándole a tu madre la anécdota de la niña que pedía “una monettina”, se sentó a tu lado a escuchar música y te preguntó si tenías novia, y sus deducciones, los aviesos enredos, estafas y denuncias posibles que conllevan la pregunta de la niña. Aunque dudas que Italia, en ese sentido, sea como España.

Señala la pantalla del mp3 preguntando algo qué debe querer decir que le gustaría cambiar de canción.

– Claro.

Usas la ruedecita para pasar unas cuantas canciones. Dejas atrás la versión Galactica de “All along the watchtower”, canción cylon, y pasas a la música electrónica. Ratatat. Elena sonríe y mueve la cabeza afirmativamente. Empiezas a sospechar que la música que suena le da igual.

– E bella –vuelve a repetir.

– Ti piaze? –eso si sabes decirlo, lo haces señalando el mp3, a lo que responde meneando afirmativamente la cabeza. Aún no eres consciente de tu error.– Se llama –lo pronuncias “liama”, esperando que se parezca remotamente al italiano– Ratatat.

– La casetta?

Ajá. Lo ha dicho con cara de auténtica sorpresa, provocando que, con maldad, pienses si es la primera expresión sincera que le ves. Bravo, hombre, una taimada niña de siete años te quiere estafar, pero no hay quien pueda contigo. Pero al menos algo se te va aclarando: quiere que le des el mp3.

– La música. Les uommes qui hacen la música –lingua franca desatada, la tuya, de aquí pasas a interpreterte en la ONU–, se llaman Ratatat.

– Ah.

Entonces, así están las cosas. Ahora mismo los dos miráis al foso, con los peces dando vueltas en círculos en el agua verde, sorteando de vez en cuando alguna botella de plástico, mientras las nubes siguen ocultando el sol pero concentrando el calor. Y allí, al fondo de la calle, la Basílica del Santo.

Bien, ¿piensas darle el mp3? No, ¿por qué tendrías que hacerlo? Le has dado dos euros, que debe ser mucho más de lo que le suele dar la gente –y eso es muy triste, aunque claro, ¿cuánta gente le da algo a lo largo del día?, imagina que la media son cincuenta céntimos y múltiplica–, la has dejado que se siente a tu lado a escuchar la banda sonora de Battlestar Galactica, versión 2003, y, en estos momentos, Ratatat. Es una niña de siete años, probablemente gitana, que no está escolarizada y a la que se nota tablas pidiendo.

Bueno, no es que nades en la abundancia pero comprarte otro mp3 tampoco sería un sacrificio enorme. De hecho, si se lo das, es casi darle lo que te sobra, como en la parábola del óbolo de la viuda –y tú no eres la viuda–. Por otra parte, si lo piensas detenidamente, la caridad no es que te entusiasme, antes al contrario. En el discurso católico, te parece hipócrita. Y desde un punto de vista de izquierdas, estás positivamente seguro de que no sirve para nada. Sería mucho más útil escolarizar a la niña, darle la oportunidad de licenciarse, como su tocaya, que regalarle el mp3.

Claro que tú precisamente no tienes poder para escolarizarla, ¿o sí? En España, quizás votando o manifestándote, aunque no estás muy seguro de eso. En Italia, menos todavía. Sobre todo en el norte, donde los partidos de extrema derecha llegan a copar hasta un 30% de los votos. Es posible que esto sea lo más cerca que la niña puerda estar de un mp3. Podrías explicarle como se usa y regalárselo. Aunque una niña de siete años sigue teniendo su dignidad y cabe la posibilidad de que se ofenda. Pensando en las dificultades de orden práctico, para cambiarle la tarjeta y poner música que le guste necesitará un ordenador.

El mp3, por cierto, te lo dio tu padre cuando él dejó de usarlo. ¿Qué familia tendrá la niña? Esos padres que la mandan a pedir, ¿no se lo quitarán? ¿No intentará venderlo? ¿O lo guardará escondido como un tesoro, escuchando esa música que ni siquiera le gusta ni sabe de dónde viene? Eres consciente de que estás escribiendo una auténtica novela de Dickens ambientándola en el siglo XXI.

Miras discretamente la hora en el móvil. Son algo más de las dos. Te giras hacia Elena.

– Io devo… andare –lo acompañas con un gesto de la mano, señalando a la calle paralela a la que lleva a la Basílica del San Antonio.

– E la cassetta? –con cara de desilusión, la niña se quita el auricular.

Sin decir nada, estiras la mano. Estrechas su manita de uñas sucias apenas un segundo y te pones en pie, el mp3 ya en el bolsillo y enrollando el cable de los auriculares en torno a la mano.

Haces una venia a la niña mientras pones el primer pie en el césped.

– Civediamo dopo, Jose.

O sea, hasta luego.

– Civediamo dopo, Elena.

Y te marchas hacia el Café Pedrocchi por la calle paralela a la de la Basílica de San Antonio, sabiendo que vas a llegar muy temprano.

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