MdT vs TTIP

El peor enemigo de cada superhéroe siempre es, por un lado, el que representa todo lo opuesto a lo que ese héroe es, y por otro todo lo malo que ese héroe podría ser pero elige no ser. Así, los X-Men se enfrentan a los Centinelas, que representan el racismo antimutante, y a Magneto, el mutante racista, o El Doctor se enfrenta por un lado a los Daleks, los peores enemigos de los Señores del Tiempo, y por el otro a un Señor del Tiempo corrupto, El Amo.

Así, los funcionarios de El Ministerio del Tiempo tienen como antagonistas a una empresa estadounidense que quiere privatizar el viaje en el tiempo y a los políticos inútiles y los funcionarios corruptos. Es un mecanismo que ha automatizado la ficción industrial: el héroe tiene enemigos temáticos. Pero está puesto al servicio de otro discurso, porque el principal mérito de El Ministerio del Tiempo es que está construyendo identidad española.

 

En Un virus de otro tiempo, el capítulo 13 de la serie, el villano en la sombra, que ni siquiera tiene una cara para que Alonso de Enterríos la golpee, es la farmacéutica Schäuble, homónima del ministro de Finanzas alemán que desde 2009 se dedica a protagonizar las pesadillas de griegos, portugueses y españoles. Otra multinacional ya se había presentado como rival del Ministerio anteriormente, Darrow Ltd, la empresa estadounidense que quiere privatizar el viaje en el tiempo, se dedica a piratear logros históricos ajenos y se presenta con el cínico eslogan de Building a better future.

 

En el capítulo 11, Tiempo de hidalgos, regresaba un villano de la primera temporada, Paul Walcott, trabajador de la Darrow, dispuesto a robar el Quijote como antes estuvo a punto de hacer con el Gernika. Walcott era liberado en el capítulo 6, Tiempo de pícaros, precisamente en la presentación de la otra ¿antagonista? del último capítulo, Susana Torres, enlace con presidencia del Gobierno y virtual sustituta de Salvador Martí como secretaria del Ministerio. Torres fuerza a Martí a liberar a Walcott y a que tenga que apañárselas si se lo vuelve a encontrar.

 

La sustitución del jefe por otro más corrupto o torpe es un argumento recurrente de series con protagonistas a sueldo de su Gobierno. Mulder y Scully en Expediente X o Los Vengadores de la Marvel –al menos en el cómic– han sufrido percances parecidos. En MdT esta historia llega filtrada por Ernesto, el funcionario esencial, que lanzará esa sentencia que alguna vez que otra todos hemos repetido en diferentes variaciones –“¿Qué tendrá este país que cuanto más tonto eres más alto llegas?”–, y aderezada con una puya a los másters de universidades privadas.

 

El comentario político va mucho más allá de la Gripe A, la defensa de los funcionarios de la Sanidad y la crítica a los políticos que huyen de sus responsabilidades. Es el personaje de Vargas el que lanza un diagnóstico sobre la realidad: gobernantes irresponsables, mal preparados y corruptos contagian estos vicios hacia abajo, no por una tendencia genética de los españoles, sino por lo absurdo de permanecer honrado cuando quiénes boicotean tu trabajo tienen el futuro asegurado y tú no. La ambigüedad del personaje, un buen médico pero un mal funcionario, se completa con su enfrentamiento con Ernesto y es la contraparte del discurso del capítulo 9, donde el juego del doble Cid dibujaba la ética del buen vasallo aunque no tenga buen señor.

 

La serie, una vez más, sigue del lado de los humildes, a los que salvaba en Tiempo de pícaros por medio del Lazarillo de Tormes: a veces corromperse es la única opción que deja el poder. Allí, cuando el franciscano que interpretaba Alberto Amarilla pedía que el dinero de Castilla se quedase en Castilla enfrentando a un Bárcenas viajero del tiempo, el comentario sobre el nacionalismo catalán de nuestros días y el saqueo corrupto se dejaba caer entre líneas.

 

Vargas es perdonado a medias –quizás para recuperar al personaje más adelante– y Torres, por otro lado, tiene su pequeña redención –aunque el guión la sigue señalando como antagonista– al admitir, aunque sea privadamente, su error, y también por su evidente enamoramiento de Irene. En última instancia, toda la catástrofe viene por una decisión personal que crea un daño público, e incluso una muerte.

 

El próximo capítulo, Tiempo de magia, con el semiolvidado estafador Argamasilla, Gary Piquer como Houdini y el cameo de Valle-Inclán, promete continuar con la trama de los EEUU robando bienes e historias ajenas. El antiamericanismo de la serie es sólo aparente, ya que celebra una y otra vez guiños a la cultura POP gringa, pero es necesario que estos villanos sean estadounidenses por razones discursivas y políticas.

 

Discursivas porque El Ministerio del Tiempo construye identidad española y reivindica su propio acervo cultural. Por eso tenemos a un madero quinqui de los 80 como el sabueso que este equipo necesitaba y no nos dábamos cuenta, o un veterano de los Tercios es la encarnación de cada soldado español que se sacrificó por su deber. La maquinaria cultural gringa roba y simplifica logros ajenos, y por ello, debemos leer el discurso de Cervantes en Tiempo de hidalgos, clamando por un arte que no embrutezca al público, no contra Lope de Vega, sino contra Walcott y contra quiénes siguen el modelo yanqui.

 

Políticas porque el Ministerio defiende la labor de los funcionarios y de quiénes se sacrifican por el bien público. Sí, todo es torpe y se improvisa, porque es identidad española, refleja nuestro modo de vernos a nosotros mismos, pero es noble y desinteresado. Los trabajadores públicos trabajan por el bien de todos, mientras las empresas privadas lo hacen por el beneficio propio. Son intereses enfrentados, y Olivares y compañía lo llevan a la cultura –el Gernika o el Quijote– porque es el terreno donde ellos pelean por esos valores.

 

La serie construye, una vez más, un relato sin complejos de una España fiel a su identidad cultural pero que no se deja lastrar por ella. El mismo equipo de MdT ya estuvo detrás de la fallida, cara al público, Víctor Ros. Quizás el problema en aquella, desde el nivel discursivo, fuese que el propio protagonista aglutinaba todo, con su doble aspecto pobre y burgués, representando la posibilidad del ascenso social, la modernidad y los valores de una España nueva, pero con un plantel de secundarios donde sólo prima el costumbrismo o el tópico.

 

Se le pueden poner fallos a la serie –y me planteo dedicarle otro artículo sólo a eso, y a por qué se los perdonamos–, pero pocos en este nivel. Por intentar señalar uno, que si Pacino y Alonso tienen clara su función como policía y soldado esencial, si Ernesto es la conciencia de todos los funcionarios e Irene la espía que siempre se mueve en la ambigüedad, quizás la función de Amelia como la intelectual del grupo se diluye por sutil, aunque sea estupendo verla dominar conocimientos de cien años después de su época o departir con Gregorio Marañón. Puede que por el empeño en convertirla en protagonista de una trama romántica, ahora parece que triángulo amoroso.

 

En cualquier caso, queda todavía más de media temporada, tiempo para evaluar cómo evolucionan todas las tramas y se comportan los villanos, pues en gran medida un héroe siempre se va a definir por aquellos a quienes derrota.

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