“Hungría no es racista, es práctica”

El pasado lunes 21 de septiembre, el primer ministro húngaro, Víktor Orban, comparecía ante el parlamento de su país para hacer balance de la crisis de los refugiados, cierre de la frontera e incidente con gas lacrimógeno en el paso fronterizo de Roezke. Comenzaba pidiendo un aplauso para las fuerzas antidisturbios y el ejército húngaro y dicha actuación para luego lanzar un discurso cargado de retórica nacionalista –con metáforas tan sutiles como que nadie puede culpar a Hungría de “proteger a su familia”–, pero en el que insistía en el tamaño de su país y la imposibilidad de convertirse en “el campamento de refugiados dentro o fuera de la Unión Europea”.

El viernes 25, Orban se reunía con su homólogo austriaco, Werner Faynnman, tras cerrar las fronteras de su país a los ciudadanos serbios y, lo que es aún más llamativo, a los vecinos croatas, miembros, igual que Hungría, de la Unión Europea. Tras dicha reunión, el titular en la prensa internacional era que Orban se negaba a abrir un corredor humanitario que atravesase Croacia y Hungría, pero obviando un dato evidente al pasar del titular: el líder húngaro salía de reunirse con el jefe de gobierno del país de destino de dicho corredor, que era el primero en negarse a aplicarlo.

Según el índice Eurostat 2014, Hungría tiene cuatro regiones entre las 15 más pobres de la Unión Europea, de las seis que componen el país, con Budapest como isla de prosperidad en un país donde la media de los sueldos roza los 300 euros. La plaza de Keleti, foto icónica de la crisis de los refugiados en Hungría, se inauguró en marzo de 2014 tras nueve años de obras y múltiples retrasos, como colofón final a la creación de la línea 4 del metro de Budapest –curiosamente, el segundo más antiguo de Europa–, a pesar de ser financiada con fondos de la UE.

A pesar de la retórica nacionalista y las referencias a la conservación de la cultura y el modo de vida húngaros –un lenguaje que hay que leer en la clave interna de la disputa del partido de Orban, Fidesz, con la extrema derecha del Jobbik, que roza el 18% del voto a nivel nacional–, las principales críticas de Orban en su discurso del 21 de septiembre no fueron contra los inmigrantes, sino contra la política común de la Unión Europea, incluso reclamando una actuación que palie las situaciones de emergencia humanitaria en los países de origen.

El líder de la democracia cristiana húngara –no hay que olvidar que pertenece al Partido Popular Europeo– recordaba en diferentes momentos que desde principios de 2015 se sabía que la escalada de refugiados podía empeorar a lo largo del año, sin que Bruselas moviese un solo dedo. Cada referencia a la incapacidad de Europa de “dar trabajo o refugio a cada migrante que llega” podría ser leída como la incapacidad de la propia Hungría.

“Los húngaros se han volcado con los refugiados”

Natalia Álvarez, una de las madrileñas impulsora de la Caravana Solidaria que estuvo el pasado mes de septiembre repartiendo donaciones de españoles entre los campamentos de refugiados de la frontera croata, destaca como sin la ONG húngara Migration Aid “habría sido imposible actuar. Los voluntarios húngaros se han volcado con los refugiados. Lo que nos encontramos allí es que ha acudido gente de manera altruista, a Croacia y antes a Keleti. La imagen de racismo puede ser del Gobierno, pero los ciudadanos no son el Gobierno”.

Pablo, español afincado en Budapest, cree que Orban “no ha hecho nada que no hayan hecho otros líderes democristianos o de cualquier signo en Europa. Se le acusa de autoritarismo, pero copar instituciones con afines a su partido, o controlar la televisión pública, a un español no le suena ajeno. El discurso nacionalista le da mucho rédito electoral, pero la imagen que se tiene del primer ministro dentro de Hungría no es la de un nazi, sino la de un tipo práctico. Además, comparado con el partido del Jobbik, que sí va por ahí con esvásticas, Orban es moderado”.

Pablo trabaja para una multinacional, como el 90 por ciento de los extranjeros residentes en la capital húngara, que cobran sueldos un poco por encima de la media en la ciudad, alrededor de los 1000 euros, a pesar de que los precios del alquiler o la comida no distan demasiado de los de Madrid o Barcelona. “Simplemente, los húngaros interpretan que ya bastante trabajo tienen con intentar sacar adelante a los suyos. Ese discurso se da en muchos más países de la UE y no es sinónimo de una sociedad racista”, concluye.

Los funcionarios húngaros en Budapest también pueden pasar por privilegiados por tener sueldos que pasan de los 600 euros. Uno de ellos, del ministerio de Exteriores, es Férenc, que apunta a las razones “legalistas” de Orban: “tanto él como la generación donde tiene su base electoral es la de los húngaros que no podían viajar al exterior. En el bloque comunista te disparaban sin más por tratar de cruzar ilegalmente una frontera. Parte de este suelo electoral del Fidesz ve como criminales a los refugiados porque no quieren registrarse al cruzar una frontera, algo que para ellos es un requerimiento mínimo si quieres entrar en un país que no es el tuyo”.

“Es un problema de Alemania”

En otros términos, la respuesta de Orban a la salida de la reunión con el austriaco Faynnman reproducía sus declaraciones de principios de septiembre, mucho antes del gas lacrimógeno pero ya con la nueva valla a medio construir y el paquete de medidas que ilegalizaba la ayuda a los refugiados. Tras una reunión con Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, y Martin Schultz, homólogo del Parlamento Europeo, Orban sentenciaba que “no se trata de un problema de Europa sino de Alemania, porque en Hungría nadie quiere quedarse, ni en Eslovaquia, Polonia o Estonia”.

En febrero de este año, con los primeros refugiados ya utilizando sin ruido mediático y en pequeñas dosis la estación de Keleti para viajar a Hungría, Orban recibía a Putin en Budapest en medio de la polémica. Esa muestra de amistad con Rusia, más que a un empeño en desafiar a Bruselas o en hacer alardes nacionalistas de cualquier tipo, en un político criado en el odio a todo recuerdo del telón de acero y lo ruso, para los húngaros mostraba sentido práctico.

Eso lo apunta Pablo, el español afincado en Budapest, cuando compara de nuevo con España: “aquí sí que se podía haber notado el bloqueo a Rusia por la crisis ucraniana. Hungría, como casi todo el este, depende comercialmente más del mercado ruso que de la UE. Si de algo informó la prensa húngara fue de las negociaciones para construir un gasoducto que evitase el paso por Ucrania desde Rusia y que todos los países del Este querían que atravesase sus territorios”.

Tan de acuerdo con la influencia del equilibrio económico entre la UE y Rusia no está Ferenc, el cual también entiende que “hay más razones internas que externas en el discurso de Orban. El Jobbik le puede quitar mucho terreno por la derecha si parece que es débil ante la emigración ilegal. Para los húngaros tiene más que ver la política interna que cualquier equilibrio que el primer ministro quiera hacer con el exterior”.

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