El equipo perfecto

El portero, Adán, pagó caro hace unos años ser utilizado en la guerra entre uno de los mejores entrenadores del mundo y el mejor portero español de todos los tiempos. La mitad de los defensas no contaban para Segunda y se han quedado porque no había dónde colocarlos, con Piccini como la gran esperanza de un futuro mejor. Los nuevos o son ya mayores y nunca han sido precisamente estrellas -Vargas, Westermann- o vienen de ligas en el otro lado del mundo y su rendimiento es una incógnita -Pezzella, Tarek-. Los medios de Segunda, de nuevo, con ese N’Diaye que engorda a la mínima y un Xavi Torres y un Matilla que nunca han dado la mitad de lo que se anunció que darían y empezaron el verano como descartes, más Digard, un veterano de mil batallas que nunca ha podido reivindicarse fuera de Francia, y Petros, otro exótico desconocido. Van der Vaart, la estrella que nunca fue, el eterno lesionado, la eterna decepción, el tipo al que no quiso el Bernabeu y traicionó a White Hart Lane, el hombre del que a su edad ya nadie espera nada. Ceballos, el niño que apunta a estrella, con la cabeza llena de pájaros, soñando con el Real Madrid antes de haber demostrado nada en Primera, calidad suprema, pero inmadurez igual de suprema. Junto a él, eclipsados, la enésima remesa de chavales -Fabián, Pedro, Varela- con el ejemplo de Vadillo, un antiguo titular que subió del Betis B y ahora se queda porque no se le ha encontrado equipo. No es el único: Rennella, Kadir, Jordi Figueras… se quedan porque nadie los quiere. Por ahí, un par de picapedreros cuya labor nunca se valora lo suficiente pero que al menos cumplen, profesionales de lo suyo como Cejudo o Portillo. Rubén y Jorge, Jorge y Rubén, los viejos pistoleros, ya apuntando a la edad de retirada, el uno con el sambenito del eterno suplente, el primero al que se sacrifica aunque siempre está ahí para darlo todo, el otro con una acusación terrible sobre su cabeza que lo puede mandar a la cárcel antes de que acabe el curso. Para darles el relevo, Van Wolfswinkel, todavía joven pero ya olvidadas las esperanzas que lo anunciaban como estrella, fracasado en la segunda inglesa y habitual del banquillo en Francia. Para rematar, Joaquín, la vieja gloria, otro que se quedó en el camino de las estrellas, que se marchó porque, como Ceballos, soñaba con el Real Madrid, pero tuvo que conformarse con la segunda línea de los grandes. El ídolo caído, que vuelve para retirarse, harto de aventuras al otro lado de los Pirineos y sin apenas títulos en su bagaje ni ninguna afición que lo haya tratado igual de bien.

Y para rematar, Mel. El sargento chusquero. Otro veterano de Flandes y de Vietnam, que ni de jugador fue estrella ni de entrenador pretende serlo. Junto a Chaparro y el efímero Merino, el único míster que ha transmitido amor por la entidad en los últimos 15 ó 20 años. Que cuando era delantero sólo fue bien tratado por el Villamarín. Que escribe novelas históricas en su tiempo libre y se queja de lo que no tiene pero trabaja con lo que tiene. Que hace tres años sonreía relajado y ahora tuerce el gesto recordando un descenso que no perpetró pero del que se siente responsable. Que ha tenido que soportar insultos por desear deportivamente suerte al eterno rival. Que aunque sea directo con los descartes nunca da a un jugador por perdido.

A finales de septiembre, la Junta de Accionistas. Con la amenaza de regreso de los vampiros y de los brontosaurios. Aquellos que hablaban de un Betis grande pero lo utilizaban para blanquear dinero, que les encantaban los micrófonos y se encelaban si alguien que no fuese ellos acaparaba el cariño de la afición. Los que prometieron todo y no dieron nada, ni siquiera dignidad, y hasta le quitaron el nombre al estadio.

La espada de Damocles sobre un atajo de cabrones por los que ya nadie da un duro dirigidos por un entrenador harto de todo pero que se siente en deuda con ellos y con el club.

Nuestros cabrones.

Si quisiéramos ser un de equipo que gana Copas de Europa, seríamos del Real Madrid. Si quisiéramos que en nuestro equipo jugase el mejor del mundo, seríamos del Barcelona. Es fácil ser de un equipo que gana, aunque te da vicios muy malos. Abucheas a tus jugadores si no ganan 5 a 0, te sientes libre de ser más entrenador que el entrenador y crees que la vida es fácil.

Prefiero volver a Segunda con estos 29 desahuciados y su entrenador chusquero que presumiendo de quitarle el jugador más caro del mundo al Barcelona, como hace 15 años. Prefiero verlos arrastrarse para meterle el gol del honor al Real Madrid perdiendo por cinco que creer que jugársela con el Chelsea es lo normal. Porque eso es lo normal. Que las cosas te cuesten trabajo y hasta que casi siempre te salgan mal. Que no ganes la Champions. Que las tías pasen de ti. Que te echen del trabajo. Que te corten la luz. Que tu padre se ponga malo.

El fútbol no es sólo fútbol, es todo lo que queramos nosotros que sea, y esta panda, aunque siguen cobrando sueldos estratosféricos para una persona normal y viviendo en una burbuja, se parecen más a mi vida que los 25 modelos de ropa interior que desfilan cada dos semanas por el Bernabeu o el Camp Nou. Nuestras afinidades futbolísticas son afinidades vitales, por eso todos los neutrales vamos con el Athletic en las finales contra el Barcelona, porque uno está lleno de canteranos -hasta el que se apellida Williams se llama Iñaki- y el otro de tipos que anuncian natillas y videojuegos y defraudan miles de millones a Hacienda. Por eso algunos vamos con el Nottingham Forest en Inglaterra y el Sankt Pauli en Alemania y animamos al Rayo cada vez que podemos, y estamos deseando ver un equipo africano en la final de un Mundial. Porque ver siempre a los mismos con la misma prepotencia nos aburre.

Hay aficionados de clubes pequeños que abuchean a su equipo como si fuese un grande. Seguramente gente que se abuchearía a sí misma si se viese desde fuera. Luego tengo un amigo, un último mohicano del periodismo deportivo, un penúltimo romántico del fútbol y de la vida, que confiesa que este año con el Recreativo en Segunda B va a disfrutar más que cuando hacía amago de pegar la sorpresa en Primera. Será porque sabe que la victoria y la derrota son dos zorras mentirosas, al contrario que los ganadores de Champions. Será porque no es un pobre que ama a los ricos.

Porque lo habitual van a ser los 5 a 0 como el del otro día en el Bernabeu. Como lo habitual va a ser que veáis a la Selección Española irse a las primeras de cambio de los Mundiales y Eurocopas. Pero cuando te acuerdes del 0 a 1 con gol de Finidi, hace ya 17 años, o del gol de Dani al Osasuna que nos devolvió la Copa que el fútbol nos debía -no lo podía meter ni Oliveira, ni Alfonso, ni Joaquín, ni Edu, tenía que ser Dani, era el zeitgeist-, piensa en todas las veces que te han dicho que no podías hacer algo, que otros eran mejores, que las cosas son como son y no van a cambiar, que siempre ganan los mismos. Y acuérdate de que es mentira.

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