Como cuando algo se empapa en aceite

Los ventanales de la cocina no tenían cortinas, se veían las pocas luces encendidas de los otros pisos en el patio, la luna menguante entre estrellas que se comía la luz de la ciudad y dos puntitos de luz, rojos y parpadeantes, de un avión en pleno tránsito. La bombilla colgaba desnuda del techo, pintando el alicatado de las paredes, el reloj y las baldosas blancas del suelo en tonos anaranjados.
Jose sacó de su balda del frigorífico el salchichón envuelto en papel de plata, un par de salchichas de pollo, dos lonchas de queso fundido y un huevo. Lo dejó todo en el espacio de mueble blanco que separaba la cocina y el frigórifico y abrió el cajón del congelador, sacando media barra de pan partida por la mitad y envuelta en una bolsa. Puso el pan el tostador y sacó un cazo del armarito sobre su cabeza.
Escuchó, al fondo del pasillo, la cisterna y el agua del lavabo corriendo. Rosa, en pijama, babuchas, envuelta en una bata, apareció en el umbral de la puerta de la cocina. Bajita, morena, de rasgos aindiados y con los ojos ligeramente saltones, parecía diez años mayor de lo que era.
– Ya volviste, José. ¿Viste que hice mi camita en el sofá?
Él se giró desde el fregadero, donde llenaba el cazo de agua, y sonrió con los labios cerrados.
– Sí, sí…
– ¿Te vas a hacer un huevo duro? –preguntó, sin moverse de debajo del quicio.
Jose había puesto el cazo sobre la cocina y sacado la caja de cerrillas de un cajón.
– Ajá.
– ¿Te importa que ponga uno mío?
– No.
Se plantó de un paso en el frigórifico, lo abrió y hechó un huevo al cazo junto al de él. Jose encendió el fuego y miró el reloj de la pared. Rosa se agachó en las baldas de abajo del frigorífico y sacó un trozo de tarta de queso.
– ¿Vas a querer? La hizo mi señora y me dio la mitad.
– No, si ya tengo aquí –él señaló el plato con las salchichas y el pan en la tostadora.
Se apartó para dejarla sacar una cucharilla del cajón de los cubiertos, y cuando lo fue a cerrar puso una mano para impedirlo y cogió un cuchillo y un tenedor. Dio la vuelta al pan en la tostadora mientras ella se sentaba a la mesa.
– Aquí está tu mochila, José.
– Póngala en la otra silla, luego la recojo –contestó, sin volverse.
– ¿Pusiste los carteles en tu universidad? –preguntó ella, tras tragar la primera cucharada del pastel, esponjoso, con una cubierta de caramelo color rosa y un charco de caldillo en el fondo del plato.
Él envolvía cada salchicha en una loncha de queso fundido.
– Sí, y también en alguna parada de autobús –se agachó para abrir la puerta del horno microondas.
– Habrás puesto que es sólo para chicos porque en la habitación ya estás tú, ¿verdad?
– Claro. Cien euros por cama, tres camas, una ocupada –puso en contador en treinta segundos y cerró la portezuela.
En la cocina, el cazo empezaba a emitir vapor.
– Eso está bien, José, porque así, si sois tres, yo estoy más tranquila que siempre hay gente en la casa –en la cuchara descansaba un trozo de pastel, el tercer bocado–. Las primeras semanas, antes de que llamaras tú, no me gustaba estar tan sola José. No es sólo el alquiler, es que como la jefa de la Blanca no es capaz de levantarse temprano a despertar a sus niños –hizo una mueca con la boca– yo me tenía que dormir sola en el piso todas las noches.
– Ya.
Jose sacó las salchichas del microondas antes de que pitara. El queso las había pegado y humeaban. Luego dejo el plato sobre el mueble y quito el pan del tostador. Puso las dos rebanadas sobre el plato y las rellenó con el salchichón.
– ¿Qué le pareció a tu mamá que estés viviendo con dos mujeres mayores que tú, José? –preguntó arrebatando el cuarto pedazo al pastel, sin levantar la vista de la cuchara, en tono de broma.
Él se giró, el plato en una mano y los cubiertos en la otra. Sonrió.
– No sé, bien –dejo las cosas sobre la mesa, tintineando la loza y el metal contral el cristal, y volvió al armario para coger un vaso del armarito alto–. Es barato y me coge bien para la Facultad y cerca del trabajo… Y mientras sean buena gente, ¿qué más da? –rellenó el vaso con el grifo del fregadero y le dio el primer sorbo antes de sentarse.
– ¿No estarán ya? –Rosa señaló el cazo con su nariz de india, donde el agua ya burbujeaba.
Jose miró el reloj, sobre la cabeza de ella.
– Le quedan dos minutos –dio el primer mordisco al bocadillo.
– ¿Qué edad tendrá tu madre, José?
Él dio un sorbo al agua para tragar.
– Pues unos diez años más que usted. Cumple 42 en abril.
– No te tuvo muy joven. Yo tuve a mi Zemaida con 19.
– Bueno. Dos o tres años más.
– ¿Tú los tienes a los dos, verdad, José? –levantó la vista del plato para mirarlo–¿A tus papás?
– Sí –partió con el tenedor en tres trozos una salchicha envuelta en queso. Vigilaba de reojo el reloj y el cazo.
– Qué suerte tienes. Los nuestros ya se murieron, ¿te lo contó la Blanca, verdad? –volvió a mirarlo, esta vez cazándole los ojos–. Cuando se mueren tus papás, ay, José, ya se te quitan las ganas de todo en tu vida… –la luz del flexo del fondo de la cocina le arrancó destellos al agüilla de los párpados cuando bajó la vista hacia la tarta de queso a medio devorar.
Jose tragó de nuevo con ayuda del agua y se levantó hacia la cocina.
– Ya estarán los huevos.
Rosa dejó la cuchara en el borde de su plato.
– La Blanca te contó que nuestro papá era guarda de seguridad.
– Sí –vaciaba el cazo sobre el fregadero, levantando una pequeña nube de vapor en espiral desde el desagüe.
– Él trabajaba en un centro comercial. Entraron a robar y le dispararon –enlazó las manos en el hueco entre el plato y el borde la mesa. Hablaba sin entonación –. En el juicio del que le disparó, yo le dije al juez que Dios perdona todo pero yo no podía perdonar al hombre que nos quitó a nuestro papá –negó con la cabeza en dirección al suelo–. Pero así y todo, a los dos años lo dejaron salir. Mi hermano el Gabriel quería buscarlo y matarlo, pero como era marero, no lo dejamos, y el otro ni siquiera volvió a San Salvador porque los de una mara rival lo querían matar por otra cosa –hizo una mueca de asco, torciendo la boca y la nariz-. Pero cuando nos cagaron de verdad los jueces, José, fue cuando se murió mi mamá.
Él regresó con un huevo quemándole cada mano y le dio el suyo. Los dos los golpearon en la base a la vez, cada uno contra el borde de su plato.
– ¿Te dijo la Blanca cómo se murió nuestra madre, José?
– No.
– La zona donde vivimos nosotros, Las Macetas, son muchas casas, cada una con su parcela, que están cortadas por una autopista, que de noche siempre lleva mucho tráfico –trazó el corte de la carretera con una mano en el aire–. Mi madre iba caminando por la calzada con una vecina, era de madrugada, faltaba un rato para amanecer y ellas salieron a pasear. Por la carretera venía un camión de la Coca-cola, yo esto lo sé porque me lo contaron las otras vecinas que estaban por la calle a esa hora, que se iba peleando con un coche al que quería adelantar. Entonces, hizo un movimiento y se salió de la autopista, volcando el camión.
Tenía el huevo con la cáscara fracturada todavía entre los dedos. Empezó a pelarlo. Jose hacía lo propio sin dejar de mirarla a ella.
– A la vecina le cayó encima la yanta de una de las ruedas y la mató en el acto, pero a mi mamá la arrolló el camión mientras volcaba y la tiró en la zanja que se usaba de desagüe. Mi mamá era una mujer gruesa, José –abrió los brazos, mimando la cobertura de su madre–, pero la arrastró un buen trecho y por lo visto el suelo se quedó llenó de sangre. Yo no lo ví, aunque estaba despierta, preparándole comida a Héctor, que se iba a trabajar –señaló la cocina con un gesto–. Nosotros vivíamos con mi mamá y una prima suya desde que se murió mi papá… y porque Héctor había estado una temporada sin trabajo –la cáscara del huevo salió de una pieza, arrastrando la telilla, y la dejó caer en un extremo del plato–. Entonces, yo estaba preparándole la comida en la cocina y él estaba conmigo cuando oímos un ruido muy fuerte, como si se rompiesen todos los cristales de la casa a la vez. Héctor se asomó y me dijo que había sido un accidente en la autopista, pero entonces apareció mi primo Edgar. Él tenía que venir a recoger a Héctor para irse juntos al trabajo, pero cuando llegó lo vimos que iba llorando con un zapato en la mano y decía: “Mire, Rosa, este zapato yo lo conozco, este zapato es de mi tía Esperanza”.
Jose mordió el huevo, llevándose la mitad. Miró de reojo las salchichas y el bocadillo, a medio comer y medio enfriar. Rosa seguía hablando
– Cuando llegué al sitio donde decía Edgar que estaba mi mamá, ya se la había llevado la Cruz Roja, y sólo me llegaban las vecinas gritando y llorando, porque algunas estaban también fuera y habían visto el accidente. Yo le dije a mi tía, la madre de Edgar, que avisase a la Blanca y a mis otros hermanos, y nos fuimos Héctor y yo con Edgar en su coche. Yo iba tan apurada que me fui con la bata puesta y sin documentos, y Héctor se dejó la cartera.
Levantaba la vista del suelo a Jose, jugando con el huevo ya pelado entre los dedos. El se ayudaba con otro buche de agua a tragar el segundo mordisco del suyo. Al soltar el vaso, dejó una mano junto al tenedor.
– Cuando llegamos al hospital, el guarda de seguridad que estaba en la puerta dijo que urgencias sólo se podía dejar pasar a un familiar, pero como le insistimos muchos nos dejó pasar a Edgar y a mí y Héctor se quedó fuera esperando. Se vino para mí una enfermera y me dio la ropa y las cosas de mi mamá, la cartera y un llaverito que le regaló Ever… Ay, José… ¿Sabes cómo es cuando el aceite empapa algo? –lo dijo achinando los ojos y frotando los dedos de la mano derecha contra el pulgar, como si palpase un objeto empapado– Pues así estaba la ropa de mi mamá, toda resbalosa y como pegajosa, hecha jirones –Jose pinchó con movimientos lentos un pedazo de salchicha.
>>A ella nada más que la pude ver mientras se la llevaban, con el respirador puesto, y yo en ese momento ya sabía que se iba a morir. El Edgar no paraba de gritar “Ay, prima, nos tenemos que preparar para cualquier cosa” y yo me enfadé con él, José, aunque el pobrecito no tenía la culpa, siempre fue muy sentido y quiso mucho a su tía. Le dije que se saliese para que entrase Héctor, pero cuando vino Héctor, el guardia dijo que ya estaba bien, y no lo dejo entrar. Entonces yo le dije que me dejase salir un segundo, y me miró que iba en bata y me dejó. Le dije a Héctor que se volviese con Edgar y dijese en el trabajo que no podía ir ese día, que se fuese a la casa a cuidar a los niños, porque entonces la Zamaida sólo tenía diez años, José, y el Ulises, cinco, y yo quería que su padre estuviese con ellos. ¡Ay, pero el Héctor me las hizo tan grandes a mí! Qué te crees, José, ni volvió a casa ese día. Y mis pobres niños, que se había muerto su abuela.
>>Para el Ever, además, era como si fuera su madre, porque cuando nació Héctor no estaba conmigo, se le calentó el rabo –dedicó una mirada de reojo a la puerta y una mueca torcida de la boca a ese recuerdo, Jose enarcó una ceja y se ocultó tras el último sorbo al agua del vaso– y vivía con otra mujer, así que mis papás cogieron y se llevaron a Ever recién nacido, para que no reconociese a Héctor como a su padre. Hasta que mi mamá se murió, que Ever tenía siete años, aunque el sabía que era su madre de verdad, de haberlo parido, me trataba como si fuese su hermana.
Él señaló hacia el fragadero con el vaso en la mano.
– Voy a… Pero la escucho.
Ella asintió inexpresiva. Continuó hablando a su espalda mientras él abría el grifo.
– Así que me había quedado sola en la sala de espera, José, en chanclas y bata y sin dinero. Habían metido a mi mamá al quirófano y el médico me dijo que se podían tardar por lo menos cuatro horas, pero cuando no llevaban ni dos yo ví que sacaban por allí un cuerpo bien grande cubierto. Yo miraba a los médicos, pero ellos sólo pasaban de un lado a otro y ninguno decía nada. Entonces llegó un policía y preguntó por los familiares de Marta Esperanza Rodríguez. Salió un médico justo cuando yo me identifiqué con el policía, que me contó que ya habían detenido al conductor. Él médico miraba a los policías y me miraba a mí, sin decir nada. Yo sabía que mi mamá se había muerto, José, y estaba allí sola y en zapatillas, y no me decía nada, así que le pedí que me explicase que ocurría y me contestó –se estiró, colocándose una mano sobre el pecho y entonando con solemnidad, acumulando arrugas en las comisuras de la boca– “Mire señora, yo no sabía si decírselo porque se quedó usted sola en la sala de espera, pero su madre no resistió la operación”.
Jose regresó con su vaso.
– Ya –dijo.
– ¿Me rellenarías otro a mí, por favor, José?
– Claro.
Dejó el suyo y se estiró hacia el armario, cogiendo un vaso nuevo.
– Pero lo que te dije que nos cagaron los jueces, José, fue cuando fui a la morgue del hospital a reclamar su cuerpo y apareció un abogado de la Coca-Cola. Me ofrecía una indemnización y me dijo que mis hermanos ya habían firmado. Si yo vuelvo a ese momento, José, yo no le hubiese firmado nada a ese… ese turbio huevón –subió la voz, casi ahogando el chorro momentáneo del grifo–. Porque al final el conductor ni pisó la cárcel, ¿qué crees? –el cristal tintineo contra el cristal cuando le dejó el vaso delante. Ella lo cogió al vuelo y se lo bebió de un trago. Retomó enseguida– El año que la Blanca ya estaba aquí en España, la juez nos dijo que lo dejásemos en homicidio culposo y nos dieron dos mil dólares. Dos mil dólares por mi mamá, José.
– Ya. Qué…
– Unos hijueputas, José, lo puedes decir… –se había inclinado sobre la mesa, señalando al techo con un dedo– Pero yo no les deseo ningún mal, porque sé que Dios sabe y Dios juzga, José…
Se recogió en la silla. Vio el huevo, aún intacto, empapado en el caldillo de la tarta de queso. Se levantó para coger un tenedor del mueble. Jose se metió en la boca lo que quedaba de su bocadillo y dio un sorbo al agua mientras acababa de masticar.
– ¿Sabes qué me pasó al volver a mi casa, José? –se sentó y partió el huevo por la mitad con el tenedor– Yo me había pasado todo el día fuera arreglando para que llevaran el cuerpo y sin saber nada de la Blanca ni de Héctor y los niños. Esa noche me tuve que volver a Las Macetas en taxi. El dinero que tenía eran unos billetes que había encontrado en la cartera de mi mamá, todos empapados y resbalosos, como te dije antes, como con aceite. Le expliqué al taxista y el me dijo –levantó la vista y lo volvió a mirar a los ojos– “Señora, yo no le puedo cobrar”. Ahí yo ví que estaba Dios, José, porque Él me quiso mostrar que había buena gente en el mundo antes de que llegase a mi casa, porque entonces yo me enteré que mis hermanos les habían dicho que yo había firmado un abogado distinto y que el Héctor no se había aparecido. ¡Oy, Héctor, pero que turbio que fue conmigo! Pero yo sé que eso Dios lo va a juzgar.
Jose permanecía con las manos a ambos lados del plato vacío. Rosa masticaba la mitad de su huevo.
– Ya terminaste, José –dijo, al tragar– Más vale que friegues eso –señaló el queso fundido con el tenedor– o se va a quedar ahí pegado.
– Claro.
Se levantó y abrió el grifo sobre el plato, sujetándolo con una mano y frotando con un estropajo con la otra. La escuchaba masticar el resto del huevo. Cuando acabó, se levantó y llegó con los cubiertos, el vaso y la cáscara.
– ¿Me permites?
Las manos envueltas en espuma de lavavajillas, se apartó para dejarla tirar la cáscara a la basura y los cubiertos dentro del vaso en el fregadero.
– Me voy a dormir ya, José, que mañana mi señora se enfada si llego tarde –dijo, mientras se dirigía a la puerta–. Estaba pensando si pusiste tu teléfono en el cártel o sólo el mío y el de la Blanca.
Él se giró, sin dejar de fregar.
– No, sólo los de ustedes.
– A lo mejor si hablan contigo se fían más de ti, porque eres español.
Él levantó una ceja.
– Bueno… A lo mejor los que llaman son estudiantes de intercambio, los españoles buscan pisos compartidos con otros estudiantes.
– ¿Te imaginas, José? –sonrió ella, una mano en el quicio de la puerta– ¿Qué en la casa acabásemos cada persona de un país? ¿Cómo una asamblea, pero de pobres?
– Je. Claro.
– Bueno, buenas noches, José.
– Buenas noches.
Oyó como se cerraba la puerta del salón y la luz se apagaba.
Cuando acabó de fregar se sentó en la silla en la que había estado ella, junto a la puerta y bajo el reloj, recogió su mochila y se la puso en las rodillas, abriéndola y revisando los libros. Suspiró.
– Aceite –dijo.
Apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.

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